La carrera de Indias

Las flotas, como la incendiada en Vigo en octubre de 1702, fueron un pequeño prodigio logístico durante tres siglos

Ilustración de Ludolf Bakhuizen sobre la batalla de la bahía de Vigo.
Ilustración de Ludolf Bakhuizen sobre la batalla de la bahía de Vigo.

Vigo / La Voz

En dos semanas, el próximo 23 de octubre, se cumple el aniversario de la batalla de Rande de 1702. Fue un desastre naval que provocó casi tres mil muertos y 2.500 heridos. Además de la pérdida al completo de los galeones de Indias y de la mejor armada del Rey Sol, Luis XIV. Casi todo salió mal. Pero el sistema de flotas, la llamada carrera de Indias, era hasta entonces un pequeño milagro logístico, que permitía el transporte de mercancías y pasajeros entre Europa y América.

Las flotas, regentadas por la Casa de Contratación de Sevilla, garantizaron durante tres siglos la llegada de metales y piedras preciosas, junto a tributos y todo tipo de géneros con los que se financió el imperio. La aventura de los galeones constituye una de las grandes epopeyas de la historia.

Los convoyes, fuertemente escoltados, transportaban dos veces al año las riquezas americanas. Con ellas, se evitaban los ataques piratas, al tiempo que se hacía más seguro un viaje bajo la constante amenaza de la meteorología, incluidos los temibles huracanes caribeños.

Ya en la primera década desde el Descubrimiento, comenzó España a adoptar precauciones en su tráfico con los nuevos territorios. En el segundo viaje de Colón, participan 17 buques, que navegan en formación y van pertrechados con artillería. Desvelos tan madrugadores están justificados porque la actividad de los piratas es muy temprana, ya desde los primeros años de la llegada a las Indias Occidentales. Así, en 1501, el rey ya dicta ordenanzas para que se persiga a los piratas, cuyas actividades se centran en las islas antillanas, así como en Azores y Canarias.

Pero es en 1503, con la creación de la Casa de Contratación de Sevilla, solo diez años después del Descubrimiento, cuando el comercio con América se regula de forma taxativa. En 1513, se decide que los buques han de ir obligatoriamente armados y se envían naves de guerra para patrullar las principales rutas.

En 1521, la Casa de Contratación prohíbe la navegación de buques sueltos, por lo que los mercantes deben viajar «en conserva», es decir, reunidos para evitar mejor a los bucaneros. Al año siguiente, ya parte desde Sevilla el primer convoy con once barcos mercantes, escoltados por tres carabelas armadas.

En 1543, Sevilla fija definitivamente el sistema de flotas, que se mantendrá inalterado durante casi tres siglos. Se establecen dos convoyes armados cada año, con derrotas previstas, fechas fijas de salida y un férreo control de la Casa de Contratación. Nuevas ordenanzas fijan hasta el último aspecto de la ruta, incluyendo los salarios de la marinería y de los oficiales, los pertrechos a embarcar, las tasas que se pagarán por las mercancías y los puertos donde desembarcar y comerciar.

Fueron establecidas dos flotas al año, la primera en marzo y la segunda, en septiembre. Las fechas perseguían proteger a los buques de los huracanes del Caribe y de las temidas encalmadas del mar de los Sargazos. La travesía entre los dos continentes duraba entre cuarenta y sesenta días. La ruta para cada flota era establecida previamente y a menudo se daba a los comandantes un legajo lacrado con instrucciones secretas, al objeto de despistar a los «hermanos de la costa», siempre dispuestos al saqueo desde sus refugios caribeños. Sin embargo, existía una singladura básica entre Sevilla, Canarias, Santo Domingo y Cartagena de Indias, donde los barcos se dispersaban luego por diversos puertos.

El camino de vuelta se hacía más al Norte, con habitual escala en las islas Azores, para aprovechar los vientos dominantes. Las flotas reunidas zarpaban de La Habana entre marzo y abril, la época de menor riesgo de huracanes.

En 1564, la Casa de Contratación depuró su normativa y estableció que zarparían de Sevilla dos flotas. La primera, llamada Flota de Nueva España, tenía por destino Veracruz, Cuba, Santo Domingo y Honduras, y su partida se fijaban en abril. La segunda, denominada Flota de Tierra Firme, haría escala en Portobelo y Cartagena de Indias, con fecha de salida en agosto.

Además, existía otra ruta que conectaba con las islas Filipinas y que dependía del virrey de Nueva España. Cubría este servicio el llamado galeón de Manila, que enlazaba con Acapulco. Sin embargo, la Casa de Contratación nunca favoreció este comercio con el archipiélago oriental, al punto de que en muchas épocas lo perjudicó, gravándolo con altos impuestos y restringiendo los géneros con que se podía comerciar.

Con estas precauciones, logró España evitar en gran medida el acoso de los piratas, primero franceses y más tarde ingleses. No obstante, hubo momentos de grandes crisis, en especial tras la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), cuando las flotas viajaban exangües, con barcos maltrechos y tripulaciones mal preparadas, con lo que se sucedieron los naufragios y la pérdida de embarcaciones a manos de bucaneros.

Otro momento de alto riesgo fue, precisamente, el que nos ocupa: la Guerra de Sucesión española, cuando la flota de la Plata, que sería destruida en Rande, tuvo que demorar casi tres años su salida de La Habana.

La próxima semana veremos qué buques integraban una flota de la carrera de Indias como la que fue incendiada en Vigo. Y cómo se producía el comercio y el embarque de riquezas. Y, sobre todo, por qué la de 1702 transportaba el mayor tesoro que jamás haya cruzado en barco el océano Atlántico.

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