No sabemos vender

VIGO

15 jul 2014 . Actualizado a las 07:00 h.

La mujer no articulaba palabra. Se quedó muda de repente ante lo que, cuando al fin recobró el habla, calificó de maravilla de la naturaleza. «¿Pero tenéis rincones como este y no lo contáis? ¿No sabéis venderlos o es que los guardáis solo para vosotros?», preguntó con cierto tono de enfado. En realidad, autoenfado, ya que no era la primera vez que la interlocutora pisaba las piedras del Museo del Mar. Pero sí era la primera vez que no iba con el tiempo justo para escuchar un discurso político al hilo de algún corte de cinta virtual. En esta ocasión no solo tuvo tiempo para contemplar la ría a través de los grandes vanos de piedra que enmarcan un paisaje único, sino para bajar a una de las calas que circunda el edificio, pisar la arena y mojarse los pies. «Definitivamente, no sabéis lo que tenéis», sentenció.

No es cierto, le dije, lo que no sabemos es ponerlo en valor. No sabemos vender. Acostumbrados como estamos los habitantes de esta ciudad a enarbolar pancartas para reclamar lo que consideramos que nos corresponde -hospital público, alta velocidad, barcos en los astilleros, biblioteca estatal....-, rara vez nos ponemos detrás de pancartas y coreamos consignas que cuenten lo mucho y bueno que ya tenemos.

Nos evitaríamos regañinas como la de la mujer del Museo del Mar, o como la del viajero galo que un día encontré en el monte de O Castro y que en un mal español me dijo: «Si tuviéramos algo como esto en París lo conocería todo el mundo». En peor francés no me quedó más remedio que darle la razón.

Uno ejemplo paradigmático de que no sabemos vender ciudad es que cuando tuvimos conexión aérea con Inglaterra, en la parte izquierda de los carteles promocionales aparecía la Torre de Londres, en tanto la derecha estaba vacía, la nada en forma de cielo. Nuboso para más señas. Si queremos que nos quieran, primero tendrán que conocernos.

soledad.anton@lavoz.es