El crimen del tranvía

VIGO

Yo nunca me subí a un tranvía llamado Deseo, porque ya no existía cuando visité Nueva Orleáns. La línea desapareció en los años 50, tras inspirar la obra inmortal de Tennessee Williams. Deseo y Cementerio eran los dos tranvías que pasaban junto a su casa. Un día, fumando en el balcón, se dio cuenta de que aquellas dos palabras resumían la vida misma.

Los tranvías tienen algo mágico. Y toda ciudad que los haya conservado es distinta a todas las demás. En San Francisco, la postal es el de Fisherman?s Wharf. Y, en Lisboa, el eléctrico 28 recorre lo mejor de la capital.

Como muchas otras grandes urbes, Vigo se cargó su tranvía en el ara del desarrollismo. Fue un crimen con aires de pecado original de todos nuestros desastres urbanos. Por eso son tantos los que aún lo añoran. No solo porque formó parte de grandes momentos de su vida, sino porque se intuye una cierta conciencia de culpa colectiva.

Aquí se impuso el Vitrasa, en medio de una controversia enorme. Las ruedas metálicas dejaron de chirriar en sus carriles el 31 de diciembre de 1968. Hubo dimisiones en la corporación. Y una buena polémica cuando se supo que todos los autobuses repostaban en la gasolinera propiedad del alcalde, sin que jamás se aclarase tan incómoda casualidad.

Muy pronto, el tranvía de Vigo cumplirá un siglo. La empresa se puso seriamente en marcha en 1912. Y echaron a andar los primeros vagones en 1914, con pruebas el 28 de mayo o el 2 de junio. La inauguración oficial llegaría el 9 de agosto. Que será el momento real del centenario.

Lo curioso es que la compañía sigue existiendo. También con pequeños accionistas que son antiguos empleados. Tiene mérito.

Porque hace casi medio siglo se cometió un crimen. Pero el tranvía no murió. Sigue vivo en la memoria de Vigo.

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