Que viene Pemex, que está llegando, que ya asoma por la bocana de Cíes, que sí, que se acabaron las penurias para el naval en la ría de Vigo porque el maná mexicano ya está aquí. Un año y medio -el tiempo que hace que Feijoo y el director general del gigante petrolero sellaron la primera promesa- lleva el sector en una espera que hace tiempo que para muchos se convirtió en desesperante. Cada vez que parece que el corte de chapa empieza a tocarse con los dedos, una mano invisible -o no tanto-, tira del hilo y aleja tal posibilidad. Es una situación repetida demasiadas veces. Como en la historia de Pedro y el lobo, cuando los compromisos salten al fin del papel a la realidad no va a creérselo nadie.
La disculpa de la última demora anunciada, y van cinco, es que los evaluadores que todo lo evalúan necesitan más tiempo para evaluarlo mejor. Otra cosa no habrán tenido, pero tiempo... Eso es precisamente lo que ya no tienen docenas de empresas auxiliares ni miles de trabajadores.
La mayoría de las primeras que han conseguido aguantar lo hacen con respiración asistida. En cuanto a los segundos, los que no han enfilado ya el camino de la emigración, van a tener que terminar haciendo también la maleta. «El paro no es chicle», afirmaba bien gráficamente el empleado de un astillero sin carga de trabajo. Confiesa que llegó a creerse que su empresa iba a construir alguno de los 14 remolcadores comprometidos por Pemex aquel 24 de mayo del 2012, de los que ya nadie habla. «Qué iluso fui», se recrimina.
Mientras se suceden titulares señalando que sí, que la bombona de oxígeno está en capilla, seguidos de otros pidiendo que sigamos a la espera -modelo Penélope y sus tejidos destejidos- el naval vigués ya cumplió dos años de cruda realidad.
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