Trece días después, los servicios de extinción siguen apagando conatos de incendio en 1.850 hectáreas arrasadas en la Serra da Groba. Si no se limpia el monte, volverán las inundaciones
08 sep 2013 . Actualizado a las 07:00 h.La pesadilla no acabó en A Serra da Groba. Trece días después del ataque incendiario que aplacaron más de un millar de efectivos de los distintos cuerpos de seguridad del Estado y que acorraló a cerca de 800 viviendas de Oia y O Rosal, aún no ha podido extinguirse el fuego. La Voz recorrió este fin de semana, con uno de los agentes forestales de zona del departamento de Medio Rural de la Xunta, parte de las 1.850 hectáreas que las llamas se comieron en poco más de 24 horas. Fue en la madrugada del 27 de agosto.
En cuanto se asciende a la sierra, al acceder a la parroquia rosaleira de Fornelos, hay que frotarse los ojos. No es siquiera la imposibilidad de enfrentarse a un luto riguroso. Dos semanas después, el polvillo y las cenizas pululan con intensidad. Como ese olor a quemado que dificulta la respiración tanto como el impacto visual.
Dos brigadas forestales recorren aún, por turnos y durante las 24 horas del día, la zona. Los avistamientos de peligrosas reproducciones entran por la emisora del servicio forestal y la cámara pilla a uno de los equipos justo cuando empapan uno de los accesos al conjunto etnográfico de molinos en cascada más importante de Galicia. El fuego del subsuelo, la humedad y el viento hacen que, por mucho que se moje, la materia orgánica vuelva a secarse y arda.
La alerta saltó el lunes 26 a las 19.30 horas en lo alto de la Serra do Argallo, en Burgueira. «Nunha hora comezaban os focos secundarios e, ás dez da noite, as muxicas xa pasaban por diante dos medios de extinción; saltaban á vaguada do Rosal, a un quilómetro de distancia». Así recuerda el agente, Antonio Pimentel, cómo comenzó el peor incendio que sufrió Galicia este verano y la mayor guerra en la que batallaron los servicios antiincendios en la zona durante los 25 años que él lleva en su puesto. Fue un cuerpo a cuerpo. El fantasma del incendio que calcinó la otra parte de A Groba en el 2006 estuvo presente desde entonces. Demasiadas similitudes, aunque este último, que echó de sus casas a cientos de vecinos, ya se sabe que fue intencionado. Por eso, la pesadilla no se limita hasta la extinción. La prioridad ahora, advierten los expertos, es aprender de lo que pasó entonces y luchar contrarreloj para evitar inundaciones
La historia no puede repetirse. Y la amenaza ya está ahí. Antonio Pimentel insiste hasta la saciedad. «La vegetación de los cauces que aguantaba el terreno está muerta, quemada y eso es lo que puede provocar futuras riadas; sobretodo hacia los cauces de la treintena de regatos y ríos que vierten al Tamuxe», explica Pimentel.
Imposible cuantificar pérdidas. Las medioambientales no tienen precio, ni los años de vida robados a toda la sociedad. Sin nada quedaron, por ejemplo, los productores de madera de la zona. Sobre el terreno hay decenas de árboles talados.