La oda, la espada y la cabra

Loas a la Reconquista, danzas de espadas o el premio al mejor cabrito convivían en las fiestas del Cristo de antaño


N o siempre tocó Melendi en las fiestas del Cristo de la Victoria. Ni siquiera Fangoria, por mucho que Alaska ya tenga una edad. Un siglo atrás, las diversiones eran otras. Danzas de espadas, declamación de encendidas odas a la Reconquista, bailes de salón, farolillos y concursos de ganado, con premio a la mejor cabra, adornaban los festejos de antaño. Repasando aquí y allá, vemos un panorama de las fiestas de nuestros antepasados.

Hace un siglo, por ejemplo, la Reconquista y el Cristo de la Victoria se celebraban juntos, el primer domingo de agosto. El resultado de la unión tenía notas pintorescas. Como el sermón «histórico-apologético» que el sacerdote Eusebio Gómez Miguel pronunciaba el 3 de agosto de 1913, en la Colegiata: «Hay momentos supremos, decisivos, en la vida; son las horas grandes, trágicas, sublimes, marcadas con el sello de un destino ulterior de dicha o desventura, horas de lucha formidable en la que un hombre adquiere las proporciones de héroe, que tranquilo se alza sobre montañas de escollos y abismos espantosos y los salva con serenidad olímpica».

Conocemos semejante oda gracias al cronista de la ciudad, Xosé María Álvarez Blázquez, que la recoge en La ciudad y los días. «Los vigueses tenían que levantar muros de acero ?continuaba el padre Gómez, hecho un Demóstenes - y revestirse de una suprema fortaleza, ya para dejar a las posteridades venideras un ejemplo vivo, ya para que el enemigo derrotado no volviese a profanar con su vil planta los campos adorados de aquella tierra hermosa».

Si tal día como ayer, pero hace cien años, entras en la Colegiata y oyes esto, sales conmocionado.

Claro que había diversiones menos solemnes. Como la Feria Anual del Ganado que se celebraba a finales del siglo XIX en el Campo de Granada, frente a la actual Praza do Rei. En la de 1883, los premios iban de 320 reales al mejor caballo de tiro a los 80 que se concedía a la mejor cabra. Había laureles también para becerros, ovejas, bueyes, vacas, mulas y burros. Como no podía ser menos, el alcalde entregaba los galardones.

A falta de coches de choque y tiovivos, se instalaban en la plaza varias cucañas, con una moneda de un real de plata en la punta. Por la noche, se celebraban verbenas y se repartían pasteles y refrescos entre la concurrencia. En 1878, cuando Julio Verne visita Vigo, uno de sus acompañantes, el diputado Raoul Duval, describe las fiestas de la ciudad, con las que coinciden: «Encontramos de todo en la bahía de Vigo, incluso el esqueleto de una enorme ballena, pescada en alta mar unos días antes, en el lugar de la fiesta, muy bien iluminada por farolillos».

Duval se asombra del gentío: «Hay una multitud tan grande que parece que estamos en una ciudad de 150.000 almas, cuando en realidad son 15 o 16.000». Y nos retrata la estampa de la fiesta: «Hay dos bandas de música subidas sobre tarimas, fuegos artificiales de los más bellos, cantidad de bombas de todo tipo...»

En el último tercio del XIX, era tradicional en Vigo la danza de las espadas, que admira al acompañante de Verne: «es ejecutada por una treintena de gallegos todos vestidos de blanco con un cinturón rojo, a las órdenes de un director de grupo que lleva una pandereta». Nada de esta tradición se conserva actualmente en la ciudad.

Además de la diversión popular, existía otra, elitista. Se centraba en las sociedades recreativas, que organizaban bailes con motivo de las fiestas. En 1892, se contaban diez de estos clubes, como La Tertulia, El Gimnasio, La Oliva o El Casino. Julio Verne, por ejemplo, que llegó en las fiestas de 1878, participó en uno de estos bailes.

Lo que no ha cambiado es la procesión del Cristo. La de 1880 es la más famosa en su más que centenaria historia. Es sabido que ese día el industrial Antonio López de Neira iluminó la imagen desde el balcón de su casa con un foco. Era la primera vez que se utilizaba en Galicia la luz eléctrica. Lo curioso es que Thomas Edison inventó el filamento en 1876. En solo cuatro años ya lucía en Vigo. Por si hay dudas de la modernidad de la ciudad.

Aunque lo de verdad asombroso de la procesión del Cristo, que hoy se celebra, es que van hasta los más descreídos. Tal vez sea la única procesión del mundo en la que participan incluso ateos.

Analizar el fenómeno llevaría más de una página. Hoy nos quedamos con cuatro pinceladas de las fiestas de antaño. Resumiendo: De cuando no tocaba Melendi.

la bujía del domingo Por Eduardo Rolland

eduardorolland@hotmail.coms

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