Muy buena idea la de poner un tren directo entre Vigo a Oporto y viceversa. A partir de hoy se acabaron los osados viajeros que otrora se atrevían a pasar casi tres horas y media entre el traqueteo del automotor, bajaban en Valença a tomarse el cafecito y sacaban el billete para continuar el camino. Ahora, los nuevos usuarios ya no bajarán en Valença, pero podrán llevarse el termo y tomar el café calentito durante las dos horas y cuarto que tarda el tren en llegar a su destino. Incluso tendrán la oportunidad de echar un baile al ritmo del crujir de las bisagras, que acompaña durante la mayoría del trayecto.
Ni si quiera por fuera da el pego. Pese a que los tres vagones que componen el convoy aparecen recién pintados, las sucesivas capas de barniz delatan el paso del tiempo, algo que también tiene su encanto, y transporta a otros tiempos.
En este ambiente, mitad melancólico, mitad cutre, merece la pena hacer el viajecito. Los setenta kilómetros por hora que alcanza de media el convoy dan mucho de sí. Dan para ver las playas de Moledo y Áncora, la zona portuaria de Viana do Castelo, los viñedos, los pazos, el Lima, el Miño. Con un poco de suerte, hasta el maquinista se digna en hacer una parada en pleno puente de Valença para ver desde lo alto el río. Todo un lujo para el pasajero.
Falta por saber si también será un lujo para las compañías ferroviarias. Eso lo dirá el número de personas que transporte a partir de hoy.
La verdad, igual que es fácil imaginarse su utilización turística, no cabe en la cabeza que los vagones aparezcan repletos de empresarios, como pretenden los promotores de la iniciativa. Y menos aún de políticos. Ayer, tras la inauguración, todos enfilaron la carretera.
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