El Vigo que viajaba en diligencia

Los coches de plaza de Herrador, Alejo y Bao eran los taxis de la ciudad cuando ir a Pontevedra llevaba 4 horas

Un carro con los caballos preparado en la plaza de la Princesa.
Un carro con los caballos preparado en la plaza de la Princesa.

Vigo es una ciudad del automóvil, con la mayor fábrica de Citroën fuera de Francia y una poderosa industria auxiliar que exporta a marcas de todo el planeta. Pero hubo una época, antes de que fuese la Detroit de Galicia, en que el carro y la diligencia eran los reyes de la calle. Mientras la urbe medraba en el XIX, el transporte urbano y de larga distancia se hacía a tiro de caballo.

Tres eran las más antiguas cocheras de transporte urbano que había en la ciudad en el último tercio del siglo XIX. La más popular era la de Herrador, situada en el solar donde estuvo el bar Goya, con las caballerizas en la actual calle Gil. Ofrecía cestos, berlinas, landós y carrozas fúnebres. En Colón, llamada Ramal hasta el cuarto centenario del descubrimiento de América, en 1892, estaba la de Alejo. Y, en la Porta do Sol, donde hoy se yergue el edificio Simeón, se situaba la de Bao. Las tres eran los taxis del Novecento y competían por alquilar su vehículos de caballos para los desplazamientos por la ciudad.

Estos coches de caballos urbanos eran conocidos como de plaza, en contraposición a los de línea, que eran las diligencias que conectaban con otras poblaciones. A mediados del siglo XIX, casi todas salían de la posada La Vizcaína, donde se compraban los billetes para el Miño, que conectaba con Tui. En 1857, cambian de ubicación a la fonda El Águila de Oro, situada cerca de lo que hoy es la Alameda. De allí salían también para Pontevedra, Caldas, Padrón y Santiago.

Los billetes no eran baratos. En 1867, ir de Vigo a Pontevedra costaba 24 reales en berlina. Se invertían cuatro horas en el trayecto y el viaje era peligroso, pues los caminos, sobre todo embarrados en invierno, favorecían los accidentes. Y los aurigas no siempre iban en las mejores condiciones. Al punto de que en 1837 se había dictado una orden prohibiendo que los chóferes condujesen «durante más de 24 horas seguidas».

Los precios para las diligencias variaban según el asiento. A bordo, en las plazas más cómodas, el billete costaba el doble que en los lugares más incómodos y de más riesgo, como eran los bancos situados en el techo, entre el equipaje.

El transporte era lento. En La Casa de la Troya, la novela de Lugín de 1915, el estudiante protagonista, Gerardo Roquer, tarda siete horas en viajar en diligencia de Santiago a A Coruña, incluyendo parada para almorzar y para cambio de caballos.

En Vigo, la compañía La Fraternidad Gallega hacía la ruta con Pontevedra en cuatro horas. Y tranquilizaba a los clientes en su publicidad: «No se enganchará ningún caballo que sea falso o coceador». No era raro que hubiese accidentes, en ocasiones con muertos.

Nombres rimbombantes

Los nombres de las casas de diligencias eran sonoros y rimbombantes. En A Coruña tenían su sede El Vuelo, El Elegante, La Unión, El Noroeste o La Veterinaria. También estaba allí La Ferrocarrilana, que llegó a convertirse en la más popular, con sus tiros de seis caballos.

Pero sería en Vigo donde aparecería el primer transporte público automóvil del país. El industrial Antonio Sanjurjo Badía creaba La Regional, que utiliza autobuses movidos a vapor, más tarde reconvertidos a gasolina. Desde su fundación, en 1906, la compañía desbanca a las diligencias y se hace especialmente popular en la ruta entre A Coruña y Santiago.

Amador Montenegro describe aquellos viajes: «El servicio era regular y con buenos horarios, pero la falta de elasticidad de las direcciones, los neumáticos macizos y la falta de práctica, hacía que no pocas veces visitaran los prados lindantes, pero así y a todo era un gran servicio que se consideraba seguro y rápido».

Al principio, las ruedas eran macizas. Cuando se inventó la cámara de aire y aparecen los neumáticos, surgió otro problema, que describe Montenegro: «Tenía el terrible enemigo en las ??tachuelas de los zuecos??, se pinchaban las ruedas y era preciso cambiar los neumáticos y aun desmontarlos para tapar el pinchazo con sendos parches».

Este cronista recordaba que un fotógrafo vigués «inventó un líquido que tenía por objeto tapar los pinchazos y que estaba formado con vino y amianto molido, su eficacia era relativa pero si el tiempo era seco no dejaba de ser eficaz, y lo era menos cuando llovía».

En 1919, muere Sanjurjo Badía y La Regional, la compañía que había acabado con las diligencias, es vendida a un empresario de reconocido apellido: Evaristo Castromil Otero. Desde entonces, el Castromil pasará a comunicar Galicia.

De las viejas diligencias de caballos solo quedará el recuerdo y las fotos que hablan de un tiempo en que las distancias en Galicia se medían en jornadas.

la bujía Por Eduardo Rolland

eduardorolland@hotmail.com

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