Lejos de mantener en palmitas el oficio que más fama ha dado a Vigo fuera de sus fronteras, las ostreras han permanecido siempre en un segundo plano para las administraciones. Tras medio siglo luchando contra el frío y presumiendo de abrir una docena de ostras en dos o tres minutos, finalmente lograron que les cubrieran la calle para resguardarse a medias.
En más de una ocasión amenazaron con plantar sus puestos y quedarse en casa. «El día que faltemos nosotras no habrá nadie que quiera continuar con este trabajo, es muy duro», comentaban ya en el 2008. Las ostreras no eran inmortales. Los hosteleros del entorno dieron la voz de alarma sobre la posibilidad de que Vigo perdiera su seña de identidad. Fue entonces, en marzo del 2008, cuando la concejalía de Turismo tomó nota de la advertencia y pensó en la necesidad de preparar a otras personas para dar el relevo llegada la hora. La iniciativa no despertó mucho interés, que se sepa. La gente no estaba por la labor de un oficio tan duro.