Lloviendo piedras

VIGO

Esta semana fue condenado a cuatro años de prisión el cafre que lanzó una piedra sobre la autovía A-52, a la altura de A Cañiza, y que estuvo a punto de matar a dos personas. El fiscal pedía para él 15 años de cárcel, que parecía algo lógico para lo que no fue una gamberrada, sino un acto criminal. Quien tira una piedra sobre un coche que circula por autopista sabe que lo raro es que no provoque una muerte. Hay que tener muy averiadas las sinapsis neuronales para cometer semejante barbaridad. Así que esperemos que, si bien la pena parece corta, sirva como ejemplo para futuras ocurrencias. Debería, por tanto, darse buena publicidad a la sentencia. Para dejar claro que tirar piedras al prójimo es un delito.

No deberíamos olvidarlo, después de lo ocurrido el pasado domingo en A Coruña, donde un comité de bienvenida salió a la calle para apedrear a los seguidores del Celta. El suceso ha tenido escasa repercusión mediática, como si se tratase de una anécdota. Pero no hablamos de un bárbaro aislado, como el de la A-52, que arrojó una piedra. Sino que fueron dañados 17 autocares. Varios terminaron con las lunas rotas y hubo más de una docena de heridos por cortes y magulladuras.

Mientras los autocares de la empresa Monbús circulaban por el hermoso paseo de Riazor, volaban sobre ellos pedruscos, losetas, papeleras, tuercas, muebles, maderos y hasta un contenedor de basura. La carga de la policía apenas disuadió al violento comité de recepción, que una y otra vez regresaba con más munición. Con el agravante de que algunas armas arrojadizas ya las traían preparadas de casa, dados los singulares objetos lanzados, como un bonito perchero de madera que entró por una ventanilla.

Lo curioso es que parece que a nadie le avergüencen estos hechos. Que están por encima de lo que fue un hermoso partido de fútbol que remató con la victoria del equipo local. Lapidar al vecino no puede presentarse como algo normal, como pretende la Delegación del Gobierno en A Coruña, que se ha negado a hacer valoraciones. Pudiera ser que sean conscientes de que se equivocaron con el dispositivo desplegado para un partido de alto riesgo.

Lo que sí han confirmado es que no hay ni un solo detenido. Lo cual resulta muy difícil de entender. ¿Pueden apedrearse diecisiete autobuses en el centro de una ciudad y que no se identifique ni detenga a nadie? ¿Es que ni siquiera hay cámaras de seguridad en todo el paseo de Riazor? Más bien parece que se quiera pasar por el alto toda esta barbaridad, que acabó con heridos, pero que pudo haber sido aún peor.

Como suele ocurrir, la cosa preocupará cuando haya muertos. Confiemos en que no se vuelva a permitir algo semejante, ni en Vigo ni en Coruña. Porque, si rescatamos las lapidaciones públicas, algunos estarán ya pensando en aplicar la ley del Talión. Y el ojo por ojo no es justicia. Justicia es que, ya que nada se hizo en el momento, se investigue ahora qué pasó y se detenga a los responsables.

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