La cerradura

VIGO

a mejor vista de Roma se encuentra detrás de una cerradura. El agujero abre la puerta del palacete de los caballeros de la orden de Malta, que proyecta su poderío inquietante en una sombría placita del Aventino. Una de las mejores experiencias que puede proporcionar una noche romana es acercarse al herrumbroso picaporte, aproximar el ojo con la excitación que suministra cualquier mirilla y comprobar cómo Roma la marrana cabe en apenas un centímetro de ancho. Il buco di Roma, que así se denomina este inteligente trampantojo, es un refinado juego sobre la importancia de la perspectiva. Lo que de cerca te devora, de lejos cabe en una agujerito.

En los asuntos humanos, la perspectiva la determina el tiempo. Es cierto que la historia es a veces reduccionista y satisface a la corriente dominante, en ocasiones incluso convierte el pasado en salpicaduras de fechas y personajes y despacha décadas con adjetivos desnudos de matices. Pero el tiempo sirve también para ajustar cuentas. Cuántos héroes contemporáneos emergieron como tiranos al ser sometidos a la lupa del devenir; cuántos extravagantes considerados majaretas por sus coetáneos tenían hechuras de genio que solo el tiempo fue capaz de codificar.

¿Cómo tratará el futuro a los gobernantes actuales? Hay, sí, un éxito reciente, la disolución de ETA, pero por lo demás sospecho que la posteridad resaltará la mediocridad como marca de una época en la que faltan liderazgos inteligentes y sentido de Estado y sobran sordos que viven ajenos a los aullidos de la ciudadanía. La mirilla histórica pondrá a cada uno en su sitio.