AMourinho no le interesa el fútbol. Nunca le ha interesado. El técnico portugués juega su competición particular. Gana él y pierden los demás. El balón es un mal necesario, es más, su desmedido ego no aceptaría que bajo su batuta cada partido del Madrid fuera una sinfonía de colores; prefiere que los triunfos lleven su firma y no la de los futbolistas. Él juega a lo suyo y quiere ganar con sus armas. Entrena a puerta cerrada, impone la ley del silencio a sus jugadores y jamás habla del juego. El problema es que se le agotan las coartadas. Ha responsabilizado a esos árbitros que el miércoles privaron de un par de penaltis al Barça, a los técnicos que reservan jugadores cuando juegan contra su gran rival y a los órganos federativos. Fichó a un compatriota, lateral, a precio de oro para jugar de centrocampista y a dos alemanes que aún no han debutado. Aceleró de forma temeraria la pretemporada de su equipo para conquistar un título menor; su plantilla da signos de agotamiento. Tras perder en Levante, Mourinho traspasó la penúltima frontera: señaló a alguno de sus jugadores como culpable de la derrota, una grieta imparable. Ahora, además, le toca vigilar su espalda, esa que diabólicamente palmeó su presidente después del fracaso en el Sardinero. Mou ya sabe que él puede ser el siguiente. Se acabaron los salvavidas.