Campaña electoral

VIGO

Ceduardorolland@hotmail.com

ircula por Argentina un cuento que dice, más o menos, lo siguiente. Muere un político y se presenta ante San Pedro, quien le comunica que ha tenido suerte: están en la Semana Fantástica y puede elegir entre Cielo o Infierno. Antes de decidirse, nuestro hombre quiere probar un día en cada destino. En el Hades, es recibido por Satanás en la misma puerta y enseguida pasa a un maravilloso resort con campos de golf, lujosas habitaciones, bebidas exóticas, manjares exquisitos y espectáculos de diversa índole protagonizados por, vamos a decir, bailarinas artísticas. Encantado, se va el político a la mañana siguiente al Cielo, donde se pasa el día flotando entre nubecillas, tocando el arpa, escuchando gregoriano y comiendo Philadelphia.

La decisión no es difícil y nuestro hombre elige Infierno. Pero, cuando se cierra la puerta tras de sí, se encuentra un estercolero, donde los penitentes son asados en parrillas y cocidos en caldeirada, al estilo de una romería gallega, pero caníbal. Alarmado por los gritos atroces, corre el político a protestar al Demonio por estos cambios. Pero Belcebú zanja sus quejas de inmediato: «Amigo, ayer era campaña electoral; hoy ya nos has votado».

Son unos genios, los argentinos, para sacarle chispa a toda adversidad. Y una campaña electoral, como la que comenzó ayer viernes, suele convertirse en una auténtica maldición bíblica. Personalmente, siento vergüenza ajena desde la pegada de carteles hasta el cava de la noche de resultados. Los próximos quince días me producirán una desazón semejante a la de la Navidad, las rebajas, el partido del siglo, San Valentín, el Jueves Santo, Ocho Días de Oro, las bodas de plata, las despedidas de soltero y el Día das Letras Galegas. Como cantaba La Lupe, me parece todo teatro, puro teatro, pero del malo.

Se trata, en estas fechas, de ser bueno, de amarse, de recogerse, de divertirse, de gastar, de orar, de apiadarse, de apasionarse, de consumir o de amar al mismo gallego al que se desprecia sistemáticamente. El orden de los verbos y sus convocatorias puede repartirlos el amable lector, al uso de un pasatiempo.

Así que ahora se trata de la vigilia de la fiesta de la democracia. Y, en ella, los candidatos pondrán la mejor de sus sonrisas para contarnos repetitivas milongas.

Sin embargo, a mí en la carrera me obligaron a estudiar a Paul Lazarsfeld, un tipo que, ya en 1953, hace 58 años, dejó sentadas las bases de la utilidad de las campañas: prácticamente, ninguna. Con discusiones de matices, el discurso de este vienés afincado en EE. UU. concluyó que la mayoría vota siempre lo mismo. Que unos pocos varían su voto, evaluando el mandato. Y que los menos, un pobre 10%, son mínimamente permeables a los mensajes de una campaña electoral, aunque no suelen cambiar el voto que antes tenían decidido. Así que se hace campaña para los acólitos.

Con estos mimbres, ¡ché pibe!: ¿no podrían ahorrarnos el infierno?