Escombros de escándalo

Eduardo Rolland*+eduardorolland@hotmail.com

VIGO

Los fotógrafos tuvieron trabajo el lunes. Retratar, en una sola imagen, el Oriana y los escombros del puerto era poco menos que misión imposible. Tirando de gran angular consiguieron su objetivo: Que apareciesen juntos el barco y las ruinas de la nave de cableros. La foto permitía justificar el escándalo: ¿Qué pensarán de nosotros los ilustres cruceristas? ¿Qué ridículo no estaremos haciendo? ¿Qué imagen transmite la ciudad?

Los más audaces llegaron a apuntar que, por los famosos escombros, Vigo podría dejar de ser escala de transatlánticos. Y se filtró incluso que el capitán del Oriana expresó a su llegada «su más enérgica protesta» por la vista de los cascotes y los hierros retorcidos.

Desde luego, cuando nos ponemos a exagerar no hay quien nos pare. Como yo no he visto entrevista ni comunicado ni declaración alguna del comandante del crucero, permítanme que dude de sus airadas quejas. Soy incapaz de imaginar la escena: «¡Comandante, comandante! ¡Un escándalo! ¡Hay unos escombros en aquella esquina del muelle!», gritaría el contramaestre, irrumpiendo alarmadísimo en el puente. Y el capitán allí, horrorizado: «¡A los cañones! ¡Es la guerra!»

Francamente, yo no creo que al capitán del Oriana le alarmasen tanto los escombros. Ni que formalizase «su más enérgica protesta». Cosa distinta es que convenga decirlo para mantener la tensión sobre el ridículo enfrentamiento por la vieja nave de cableros.

Puesto a indignarme, si yo fuese capitán del Oriana , me molestaría más la torre del concello. «¡Capitán, mire! ¡Aquel adefesio de hormigón es el ayuntamiento!», gritaría el grumete. «¡A los cañones!», secundaría yo, «¡Qué atentado contra la vista y el buen gusto!»

El edificio de la Xunta, el centro comercial A Laxe o el propio hotel Bahía podrían parecer más horrendos a cualquier crucerista que un puñado de escombros producto de unas obras.

Pero estamos instalados en el delirio. Y Caballero y Porro compiten por ver quién dice la barbaridad más grande, al tiempo que se intercambian zancadillas y se tiran de los pelos, al más puro estilo de un patio de colegio. De aquí a que todos participemos en la disputa, amplificando las exageraciones, hay un trecho.

En A Coruña, los cruceros atracan ante un socavón, grande como un campo de fútbol, que son las obras paralizadas de un aparcamiento. Llevan tres años así. Y, quien haya ido en barco a Venecia, sabe que los cruceros llegan a un muelle industrial, entre grúas y contenedores.

Así que menos fantasear, menos exagerar y menos participar en el conflicto. Es mejor no meterse en este duelo delirante entre Puerto y Alcaldía.