Pecados de juventud

Víctor López

VIGO

Tonto o romántico. Hasta ayer la mayoría se debatía entre estos dos adjetivos para calificar la actitud de Michu al negarse a fichar por el Sporting de Gijón su rival odiado desde niño. Los primeros entienden que en un mundo tan profesional es irracional renunciar a ganar tres veces más, o perderse el tren de jugar en Primera, por una cuestión de sentimientos. Los segundos defienden que al cántico de jugadores-mercenarios, tantas veces escuchado, le había salido un rebelde sin causa. Algo de James Dean tiene el ovetense. «Me salen sarpullidos de pensar en ponerme esa camiseta», confesó en privado la pasada semana. Pero mientras decía eso, su padre y representante, dos figuras que nunca deberían ir unidas, negociaba sin descanso un contrato extraordinario para su hijo.

Los padres se esfuerzan en educar a sus hijos. Creen que pueden hacerles entrar en su razón pero pocas veces lo logran. Michu desobedeció a su padre y este se ha despedido como agente del futbolista, pero no renuncia a seguir acompañándolo y una prueba es que ayer estaba como cada día en A Madroa. Trataba de tapar la realidad, y es que su pequeño ha sido un inconsciente. Por no decir «No» en público desde el primer contacto. Por bailar a un tipo honesto como Manolo Preciado que le llamó para convencerle de su fichaje. Por avivar los odios que genera el fútbol. Por perjudicar al Celta que le hizo profesional. Por no zanjar un tema que se enfangó única y exclusivamente por su culpa. En definitiva por ser lo que es, un niño de 22 años.