Dos décadas después un filial vuelve a ganar en Balaídos. El Villarreal B dejó en evidencia al Celta y a su presunto fútbol bonito. Los vigueses volvieron a desperdiciar por su miopía un buen puñado de ocasiones en el primer acto y en el segundo el submarino amarillo mató el partido e hizo ruborizar a los celestes. Ni el equipo ni Eusebio reaccionaron. Como consecuencia, novena jornada en descenso y un futuro tan poco halagüeño que el abismo de la Segunda B parece tomar cada vez más cuerpo.
Además de una dolorosa y preocupante derrota (ante un rival directo) el partido dejó varias enseñanzas. La primera que al menos hay un equipo en la Liga con tanta querencia por el juego combinativo como el Celta. El filial del Villarreal B salió a ganar el duelo a base de toque y liderados por Cristóbal y Matilla hicieron bailar a los celestes su melodía durante el primer cuarto de hora. Pero sin Marco Ruben, los amarillos fueron tan inocentes como los celestes de cara al marco contrario. Por encima, mostraron al rival una defensa demasiado blandengue.
El Celta enseguida se percató del detalle y fue más vertical que nunca aún disponiendo de una sola banda, porque Iago Aspas rompió el guión y se colocó como segunda punta. Quedaba solo el puñal de Dani Abalo y el arousano se cansó de penetrar y ganar la línea de fondo pero le faltó el pase adecuado, y la única vez que lo hizo Arthuro, que nada aportó, cometió un pecado de manual. Acompañar a Aspas al primer palo en vez de quedarse atrás esperando el pase de la muerte. No fue la única ocasión real del primer acto. Jordi obligó a Juan Carlos a una estirada con un tiro lejano y Michu no acertó a culminar la mejor combinación por el carril central en otro mano a mano con el portero.
Si en el arranque los castellonenses habían encandilado, en la restante media hora replegaron velas ante la sesión de toque del cuadro vigués. Con la cadencia de siempre, pero más profundos... y con nula pegada. Su mal endémico una vez más.
El Villarreal cambió el discurso a la vuelta del vestuario, fue más práctico y resolutivo y su primer golpe fue directo a la mandíbula celeste. Un golazo de Natxo Insa -vaselina por encima de Falcón- puso el partido patas arriba a falta de media hora.
Entonces el Celta se cegó primero y se descosió después, mientras el Villarreal combinó toque con contra y se hartó de disfrutar de superioridades numéricas al contragolpe. En un partido de ida y vuelta Joselu tuvo el empate con un balón franco dentro del área pero se nubló ante Juan Carlos y en la jugada siguiente Hernán Pérez, igual de imberbe, pero más descarado, marcó el segundo. La diferencia entre la efectividad y la ceguera.
Entonces el Celta quedó muerto, vendido a su suerte y deambulando por el campo en busca de la sentencia del pitido final. Un equipo sin alma al que Eusebio, una vez más, no supo reconducir con los cambios.
En esos miserables últimos veinte minutos los vigueses fueron incapaces de crear una sola ocasión de peligro y apenas de hilvanar un par de pases a derechas. El submarino campó a sus anchas y no tuvo ningún problema para llevarse el triunfo sin apenas sufrir.
En semejante escenario ni la afición hizo leña. Asistió igual de impasible a la debacle. Como si diera igual la tercera derrota en casa y las nueve semanas en descenso. Como si estuviesen resignados a su suerte. ¿A la que corrió el Alavés en su tercer año de cortejo con el infierno? Mejor no recordarlo.