Un helado de piña

VIGO

30 ago 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Vigo hace las cosas a lo grande. Vamos a poner un ejemplo: Si vas a la playa y te quieres tomar un polo, ni se te ocurra acercarte a un chiringo. Lo más fácil es llamar a la concejala de Medio Ambiente. Ella se irá al polo mismo a buscarlo. Porque, en esta ciudad, puede ser más difícil conseguir licencia para abrir un quiosco, que lograr que te vayan a buscar un helado a la Antártida. Probablemente, te vendrá la concejala del ramo, montada en trineo, batiendo campanillas y vestida de "Estación Polar Cebra".

En Vigo, es fácil hacer cosas «extraordinariamente importantes», como dice a menudo el alcalde. Pero es difícil que salga agua de las fuentes públicas, que las calles no tengan baches y que no se caigan los bancos de los parques. Esta ciudad está hecha para las grandes obras y los grandes proyectos, para contratar a los más grandes arquitectos, y para llamar «Abrir Vigo al mar» a lo que no era sino abrirlo al Mediamarkt.

La capital editorial de Galicia es dada a la grandilocuencia. La ciudad donde parieron sus versos Ferrín y Celso Emilio, donde editamos «Cantares Galegos», donde nació «A Nosa Terra», el suelo en el que Xerais y Galaxia clavan sus alicerces, no podía sino dar una casta de políticos dados a la palabra, aunque sea por lo común mal dicha, poco pensada y siempre exagerada. Vigo tuvo «el túnel urbano más largo de Europa» y fue «la ciudad europea que más creció en el siglo XX». Lució «el puente colgante de tirantes más extenso del planeta, tras el Golden Gate». Y cuando, cada verano, sale en procesión el Santo Cristo, la Policía Local se apresura a asegurar, sin miedo al ridículo, que han contabilizado 200.000 personas. La hipérbole, como figura literaria, debe de ser de Coia. Como el retruécano es de Navia. Como el vitrasa es la metonimia de todos los autobuses. Es ésta una ciudad lírica y, sobre todo, arrebatada. Dotada como ninguna para ser exagerada. Una urbe donde te pueden presentar cada día una maqueta, pero no se pueden adjudicar cuatro miserables concesiones en su plazo.

Los vigueses saben el miedo que infunde mover cualquier papel en el Ayuntamiento. Todos somos testigos de retrasos terribles y de una incompetencia indescriptible. En esta ciudad, hay empresas que han cerrado, empresas que no han podido abrir, familias que se han visto en la calle y gentes desesperadas por culpa de la praza do Rei. Porque las condenas a nuestro urbanismo son sólo los desastres de la Administración municipal que salen en los periódicos. Aunque haya muchos más.

En los dos años que le restan de mandato, es probable que Chus Lago tenga el valor de comparecer en rueda de prensa para decir algo. Lo que sea. Y, sin duda, subrayará que eso de lo que habla es «extraordinariamente importante». Los periodistas -nos pagan por esto- no nos reiremos. E incluso haremos preguntas. Pero todos -ella y nosotros- recordaremos que la persona que habla es la que concedió un 28 de agosto los chiringuitos de playa. No hay más comentarios.