Histeria en el banquillo del Celta

VIGO

Ghilas, Rubén, Notario y el masajista Iván Comesaña estallaron al señalar el colegiado una pena máxima en el 95 que pudo herir de muerte a los vigueses

02 jun 2009 . Actualizado a las 12:43 h.

Fue pitar el segundo penalti Hernández Hernández y estallar el banquillo del Celta. Si los jugadores que permanecían en el campo caían como moscas víctimas de la desesperación, los suplentes y auxiliares estallaron presas de la histeria. Ghilas golpeó una botella postrada en el suelo, Rubén se encaró con el cuarto árbitro, la policía intentó meter en el banquillo a Notario... surrealista. La secuencia de la desesperación celeste la captaron las cámaras de Canal Plus.

Ghilas fue el primero que perdió el control. Primero golpeó una botella de agua que estaba en el suelo y después empujó al delegado José Ricardo Fernández cuando intentaba tranquilizarlo. Su cara y sus ojos eran la imagen viva de la desesperación. No había manera de tranquilizarle.

Rubén González, el central compostelano, fue directo a por el linier y tuvo que ser el cuerpo técnico (Eusebio y su segundo García Bayón) quien le retirase. Incluso llegó a encararse con Julio Ortega, el preparador físico que le retenía para evitar males mayores.

«Qué mierda de penalti»

Después entró en escena el masajista Iván Comesaña. «Qué mierda de penalti es ese, hostia. Venga hombre, toda la puta Liga igual», reflexionaba el auxiliar en voz alta. Al instante obró de pitoniso con poderes: «Lo va a fallar hostia». Su camiseta y su espalda sirvieron de soporte a Ghilas para aplacar los nervios mientras Farinós marchaba hacia el punto de penalti. Sus manos trituraban la sudadera hasta que se liberaron en una explosión de júbilo -el balón fue al palo- que le llevó a invadir el campo. Entonces Rubén le fue a recordar la jugada (y quizás algo más) al juez de línea, mientras el argelino se encaraba con un público que segundos antes había entonado el típico: «¡¡A Segunda B!!», y que de repente había pasado de un subidón singular a un bajón sin par. Todo lo contrario que el banquillo celeste.

«A mí no me grite»

En medio de la explosión de júbilo, la policía la tomó con Notario. Con el partido acabado le obligaban a sentarse en el banquillo. «Le ha dicho el árbitro que se siente», repetía un poli con casco y porra con la cadencia de una cuña publicitaria. El portero suplente celeste no se amilanó. Le miró a los ojos y le espetó reiteradamente: «A mí no me grite», reclamándole que fuese el trencilla quien le mandara sentarse: «¡Qué me lo diga el árbitro!», repetía con insistencia Notario mientras el fisio Ernesto Vieito, con la ayuda del médico García Cota, intentaba retirarlo con el policía en cuestión, y algún número más, siguiéndole los talones.

A la par, en el túnel Rubén continuaba protestando mientras era conducido por los suyos camino del vestuario, en el campo el capitán Noguerol lloraba como un niño una injusticia en su primer partido de prebanjamines y el resto de compañeros se abrazaba. La explosión de júbilo en un drama que por una vez para el Celta, hastiado de empates postreros y jugadas dudosas, tuvo un final feliz. Aunque un tanto exaltado.