Robinsones urbanos en Vigo

VIGO

Los 24 vecinos del poblado gitano de Espadeira, entre ellos 14 niños, piden que el Concello les dote de una traída de agua para evitar que el fuego arrase sus chabolas

19 abr 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

La novela Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, narra las desventuras de un náufrago que varó en una isla desierta. Con su ingenio y sus manos como únicas herramientas, sobrevivió y creó su propio hogar. La historia podría aplicarse a la familia Barrull, unos trotamundos de etnia gitana de Asturias que llegaron a Vigo en 1982, el mismo año que se disputaba el Mundial de fútbol. En una parcela de Espadeira, en la Peña Rachada de A Salgueira, construyeron un campamento que ahora linda con los carriles del primer cinturón. Los automovilistas se sorprenden al ver la ropa tendida en las vallas de protección. En aquel entonces, los chabolistas no podían sospechar que iban a ser vecinos del centro comercial Gran Vía, el mayor de Galicia. Distan solo 300 metros.

Han pasado tres décadas y la matriarca, Victoria Barrull, la Abuela, lidera a estos robinsones urbanos. Ella aún camina hasta un lavadero a recoger agua potable porque, pese a que se lo han rogado a los sucesivos alcaldes, el Concello jamás ha dotado de saneamiento ni de una traída o toma de agua a este poblado estable donde residen 24 personas. «Estoy enferma de artrosis de tantos años de subir agua con la carretilla desde un lavadero del Castaño. Vivimos mal pero es un alivio llevar a los niños aseados al colegio», dice la jefa del asentamiento. Sus ojos azules brillan mientras se lava la cara al aire libre en una tinaja que recoge las gotas de la lluvia. No es potable pero vale para fregar los platos y lavarse. Nada se mueve en Espadeira sin el visto bueno de la Abuela. Ella y su marido son los más ancianos y los demás respetan su autoridad, como dictan sus leyes.

Bidones con agua de lluvia

A veces, los residentes llenan varios bidones con el líquido elemento y los cargan en las furgonetas. Así tienen agua potable garantizada para varios días.

Esta falta de suministro casi provoca una tragedia el pasado lunes. Las llamas arrasaron una chabola de madera y los residentes tuvieron que correr a buscar los baldes y cubos hasta agotar todo el agua de lluvia almacenada en las bañeras. Hasta los niños ayudaron. «El calor nos quemaba los brazos», recuerda un afectado. La lluvia ayudó, lo mismo que los bomberos que recibieron su llamada.

No es el primer incendio en el poblado. Victoria recuerda otro fuego que calcinó una chabola y una caravana de unos familiares. «Por suerte, ellos estaban fuera», añade. «Pese a todo, el ayuntamiento no nos pone una toma de agua. Sería feliz si nos pusieran el agua y nos dieran una casita prefabricada, de las de verdad, para mí y mis nietos. Sin tener que vivir entre tanta miseria. Si Dios hiciera el milagro», dice la matriarca. No sabe su edad, eso son cosas de su marido, José Jacinto Barrull, que trabaja con la chatarra en su taller.

Reconstrucción

El olor a quemado aún persiste en el poblado. Dos niñas juegan en un columpio junto a las brasas del galpón anexo a su chabola. Nadie limpia las cenizas porque carecen de agua. La madre, Aroa, de 27 años, sueña con reconstruir el anexo calcinado. «Tendremos que juntar maderas de la basura y muebles viejos que tiran cada martes. No hay otra manera», dice.

Aroa llegó a Vigo cuando era pequeña. Ha vivido siempre en Espadeira y nunca dispuso de agua corriente. Alimenta una cocina de leña, que sirve como calefacción del salón de su chabola. «Sin ella, los niños se morirían de frío», afirma. La estufa también sirve para calentar el agua para bañar a los niños en un bidón. El suelo de la chabola de tableros de madera de Aroa está cubierta con plásticos, estilo parqué, que sirven como aislantes. El techo aparece cubierto con cartones, revestidos con plásticos, y sujetos con neumáticos. El aislante funciona pero siempre hay fugas. La lluvia se cuela por un agujero interior del dormitorio. Las goteras quedan justo donde duerme la siesta un niño cubierto por una manta. «Ponemos baldes para recoger el agua», señala.

Aroa y su marido solicitaron cuatro veces un piso social pero el Concello y la Xunta nunca se lo concedieron. «Nos dijeron que debíamos esperar, a ver si nos tocaba en el sorteo», dice.