Bien pudiera cobrarse el barrio vigués de O Calvario el título de barrio latino. Poco tiene que envidiar el despliegue de la competición de aficionados, que hace cuatro años puso en marcha un colombiano, Juan Carlos Madrigal, a la mediática Copa América. Salvando las distancias, el recorrido de este torneo ha cautivado a casi doscientos deportistas en esta edición, ha puesto la estela de la convivencia con una quincena de equipos, a representantes de todos los países sudaméricanos, a excepción de Venezuela y Chile.
Desde el 14 de junio y hasta el pasado fin de semana se han batido en duelo por un título simbólico. «Jugamos primero una liga regular de todos contra todos, luego los cuatro mejores se enfrentan en las semifinales y la final», explica el organizador del torneo. En esta ocasión, los brasileños de Paracristo se han deshecho del combinado peruano por 3-1.
«Fue una lucha bonita, cada año hay más calidad», admite Cézar Bueno, el capitán de los vencedores. Su equipo es una familia por encima de las metáforas. Junto a Cézar juegan sus tres hijos, Philipe, Gheilan y Cézar Junior. El progenitor regatea los fines de semana a sus largas horas al volante de un camión recorriendo Europa para poder competir. «Jugué en el Colatina, un equipo de la primera división de mi país y llegué a enfrentarme a futbolistas como Mazinho o Roberto Carlos».
La presa no fue fácil. El último peldaño guardaba una trampa. Entre sus rivales los peruanos destaca sobremanera Joel Ayllón, un delantero que ha marcado más de sesenta goles y que repite como pichichi del campeonato por tercer año consecutivo. En las semifinales, los peruanos habían eliminado a Bolivia, que ostentaba hasta la fecha el título honorífico.
Las familias en internet
Lo que empezó como un juego, con solo seis equipos inscritos, se ha desbordado. «Para el año tendremos que hacer dos grupos con eliminatorias porque si no va a ser imposible», aventura Madrigal. La convivencia entre latinos se ha convertido en una fiesta de fin de semana. A presenciar cada encuentro acuden más de un centenar de personas. Sin contar las que, semana tras semana, se enganchan a la red en sus países de origen para no perder comba.
«Nuestros familiares nos piden fotos continuamente, se enfadan cuando tardamos en actualizar los datos, todos los lunes se conectan para saber los resultados porque lo viven como si estuvieran aquí». La frase del organizador se cruza con el atropello del equipo triunfador en su deseo por volcar las últimas instantáneas. Las de la celebración posterior a la final y que todavía no han enviado.
Cuando consiguen un árbitro, se evitan tener que rotar en una tarea poco deseada. Los piques son habituales pero nunca llegan a la gresca. La asociación vecinal se encarga de alquilarles el campo. «Nunca hemos tenido ningún problema, solo con una policía racista que nos vino a tocar las narices pero no pasó de ser una anécdota. Es un ejemplo de convivencia» resalta Madrigal. «Nos sirve para reunirnos, hacer deporte y estar pendientes los unos de los otros», añade Cézar que confiesa devoción por Galicia ante la atenta mirada de su hijo.
El reto para la próxima edición está sobre el tapete. Ahora toca agotar la «caipirinha».