Son derviches girando al son de los alcaldes. Zombis sometidos al albedrío urbanístico. Son las estatuas viguesas, elementos embellecedores, en algunos casos, del espacio urbano, que viven estresadas, sabedoras de que serán movidas una y otra vez hasta el fin de los días.
Es una tradición casi atávica. Imagínense, casi 40 estelas de época romana fueron usadas durante siglos como enlosado de un camino. «Que no, Geserico, que las piedras esas me las colocas boca abajo en la carretera de Pontevedra, y no hay más que hablar». Algo así debido de pasar en los tiempos bárbaros. Y aquello prendió en el lugar. Y respetiño, el mínimo desde entonces al arte esculpidor. Claro que fue más tarde cuando se retomó la afición de una forma desaforada. Fue a finales del siglo XIX. Por aquello de estar a bien con dios y el diablo, Vigo tuvo una fuente coronada por una escultura de Neptuno. El buen dios marino vivió feliz, hasta el siglo XIX, en donde hoy está la Porta do Sol. Tiraron las murallas, abrieron la calle Elduayen y sobraba. Dicen las crónicas que un concienciado empleado municipal la salvó de la desaparición. Hasta nueva orden, hoy vive un retiro dorado en los jardines del Pazo Quiñones de León. Como no molesta, a lo mejor se salva.
Peor es el periplo al que sometieron al monumento a los héroes de la Independencia, que más adecuado sería rebautizarlo como el Ulises, debido a su viaje sin fin por las plazas de Vigo. A Pedra, plaza de España, plaza de Independencia, plaza del Rey, nuevamente plaza de Independencia, y ya veremos.
Elduayen fue el responsable de que tirasen las antiguas murallas. Su castigo le llegó a través de su estatua. Fue condenado a girar sin descanso. Eso sí, cada vez que lo giran, solo lo desplazan unos metros. En esto del girar nunca se va a acabar no se libra ni el millonetis García Barbón. ¿Y qué me dicen de Curros Enríquez? Alameda, ¡ar!. Por la derecha, de frente al Castro, ¡ar! Media vuelta, ar. No es serio. El asunto está tan afianzado que Vigo es el único lugar del mundo en el que la expresión «Quedarse hecho una estatua» no alude a la paralización por el espanto o la sorpresa, sino a todo lo contrario.