Con resignación, el vigués exclamará: «Lo más bonito de Vigo son sus alrededores». Y no le falta razón. La conclusión es fruto del mareo urbanístico al que fue sometida la ciudad durante años.
El núcleo original de la ciudad está viejo. Le llaman Casco Antiguo. Viejo, sucio y abandonado. Bueno, no todo. En su día tuvo incluso murallas, pero a diferencia de otras ciudades que supieron crecer sin tirar nada, aquí, las piedras de la fortificación las empleamos en realizar un relleno en la ría, deporte de gran raigambre local.
Y al principio hubo un plan, y se cumplió con gran maestría. Es el origen del segundo núcleo vigués. Sus frutos causaron la admiración de los arquitectos de comienzos del siglo XX. La piedra lo dominaba todo. Urzaiz, Policarpo Sanz o el entorno de la Alameda conforman un recorrido que resume la evolución de la arquitectura hasta la Guerra Civil Española.
Hubo incluso un visionario que ideó otro plan, que hubiera sentado las bases para el surgimiento de una nueva ciudad: la Barcelona Atlántica. El nombre ya hacía presagiar el naufragio del mismo. El caso es que después de aquella trifulca entre parientes, el urbanismo vigués traicionó al sustantivo y se contentó con el adjetivo.
La ciudad seguía creciendo pero sin ningún tipo de previsión. El resultado es un caos que el vigués supo domar, o mejor dicho, no tuvo más remedio que adaptarse a él. El factor económico asumió la dirección del desarrollismo y todo fueron problemas. Edificios horrorosos, calles mal trazadas y estrechas, y un absoluto desprecio por el pasado se adueñaron del lugar.
Los años críticos se situaron en la década de los sesenta y setenta. Las pérdidas patrimoniales fueron cuantiosas, y el arquitecto e historiador Jaime Garrido se ha encargado de recordárnoslo para nuestra vergüenza en el libro Vigo: La ciudad que se perdió . Así que los vigueses asentimos cuando nos hablan del caos, y nos contentamos con destacar las excelencias paisajísticas. Claro que al paso que vamos, quizá lleguemos incluso a meter mano ahí y solo nos quedará el consuelo de decir: «Bueno, sí, pero los vigueses somos muy curriños».