Quince hombres de la zona volvieron a ofrecer la tradicional danza de galanes y sus particulares damas en el atrio de la iglesia con motivo de las fiestas parroquiales
17 ago 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Curiosos, vecinos y fieles. Todos ellos se dieron ayer cita en el atrio de la iglesia de O Hío, coronado por su espectacular crucero, para asistir a la tradicional danza en honor de San Roque. La ceremonia, que tuvo lugar después de la misa solemne, no defraudó y volvió a sacar a la calle a quince bailarines dispuestos a sufrir bajo el sol mientras se movían acompasados.
Los que sin duda más notaron el calor fueron las particulares damas, cinco jóvenes de la zona que se visten con mantos color esmeralda basados en la capa de San Roque y bajo la cual llegan a lucir incluso tatuajes como el del Che, que ayer se pudo ver gracias a los giros de uno de ellos. Sus paseos estuvieron guiados, como los de los caballeros, por un guía. Al frente de los danzantes, sus pies marcaron el ritmo y las posiciones de todos, que con más o menos soltura le siguieron durante los cerca de 20 minutos que duró.
En su primera versión, antes de la procesión, el baile se mostró riguroso, lento y ceremonial, bajo las notas de una gaita y un tambor. Tras la marcha, que realizó un recorrido de otra media hora por las calles de la parroquia en dos respetadas y escrupulosas hileras, los danzantes volvieron al atrio con el ánimo reforzado y dispuestos a acelerar más el ritmo. En esta ocasión, damas y galanes, ataviados con pantalones blanco, sombrero, corbata y castañuelas, mezclaron el baile con la muiñeira. Por la tarde y delante de menos afluencia, los participantes repitieron sus pasos en honor al santo, otra vez, eso sí, en medio de un respetuoso silencio.
Tras la lepra
Damas y galanes no son las únicas figuras tradicionales de la ceremonia, que cuenta también con la del mayordomo. En este caso el puesto lo ocupan vecinos de la parroquia que realizaron alguna promesa a San Roque realacionada con la curación de enfermedades. Cada año, esa persona se encarga de organizar y recaudar los fondos para las celebraciones.
La figura se regresó al tiempo que el baile, cuyo origen se desconoce con exactitud, pero cuya recuperación parece ligada a las enfermedades. Según se cuenta en la parroquia, hacía mucho tiempo que estaba olvidado pero se consiguió retomar tras la Guerra Civil. Dos familias pidieron que se volviera a celebrar después de que fueran castigadas por la peste. Su ofrecimiento consiguió rescatar del olvido esta tradición, que se ha repetido en años posteriores y que incluso ha conseguido ser reconocida como de interés turístico junto a las de Darbo y Aldán, recibiendo el nombre de «Danzas ancestrais».
Pese a su amplia historia, que se remonta por varios siglos, lo cierto es que la de Darbo fue recuperada hace solo veinte años por un grupo de vecinos de la parroquia canguesa.