La banda sonora de la ciudad


Bueno, sí, ruido de automóviles, con su correspondiente concierto de claxon, y aderezado por las sirenas de algún servicio de urgencias. Pero, ¿qué más? Pues, el chillido agudo de las gaviotas sobrevolando la mayor parte de la ciudad. Vale, pero hasta ahora ningún elemento que singularice la banda sonora de nuestra ciudad. Son versiones de un mismo tema ya interpretado en otros auditorios urbanos.

Situémonos pues en un momento concreto para comenzar a reconocer la banda sonora viguesa. Son las tres de la tarde. De repente, comienza a sonar, de forma muy esquemática, el clásico Negra sombra . Las notas se extienden por todo el centro de la ciudad, suavemente si es festivo y de forma atropellada si se trata de una jornada laboral. Es el carillón de Caixanova quien nos aporta el primer corte original de la banda sonora de la ciudad. La musiquilla se repite a las ocho de la mañana y a las nueve de la noche.

Monte de A Guía. Espléndida vista de la ría a los pies de la ciudad. Un estruendo seco y acompasado rompe la idílica escena. Como si de un gran gong se tratase, el trabajo de los astilleros Vulcano se hace sentir en esta parte de la ciudad y, para no discriminar a los habitantes de la parte baja de Coia, Barreras retransmite el mismo concierto en tiempo real.

¿Y qué me dice de los orfeones de estorninos campando a sus anchas en las palmeras más antiguas? Todo un problema, especialmente por las caquitas que concentran en determinadas zonas de la ciudad.

Son las cinco de la tarde, el crucero de turno se despide de la ciudad con un golpe de sirena cargado de bajos. Este corte sonoro se multiplica en los días de niebla espesa.

El volumen actual de los grandes éxitos vigueses es bastante peor que los álbumes del pasado, en los que se podían añadir peculiaridades sonoras tan características como la sirena de Barreras, que marcaba el ritmo de la ciudad. O el sonido de los tranvías, que cuando descendían por alguna de las muchas cuestas de Vigo dejaban aquel particular chirrido que forma parte ya del cancionero tradicional vigués.

Para compensar, el alcalde nos proporciona ahora el fragor de las obras públicas. Una serie de pequeños solos de martillo mecánico que descentrarían al mismo Beethoven. Apasionante. La ciudad tiene sus propios ruidos, pero pocos son humanos.

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