Medidas contra la crisis

VIGO

Mientras el Gobierno sigue sin sorprendernos con medidas contra la crisis, en un suelto del diario aparecen las que acaba de tomar Zimbabwe, país africano donde el dictador Mugabe se come a la oposición en sucesivos pucheros electorales. Su gran decisión, por lo que leo, es borrar diez ceros de la moneda nacional. Si a diez ceros le pones un uno delante, hablamos de diez mil millones.

La medida supone que, si eres de Zimbabwe -¿cómo será el gentilicio?-, y tienes diez mil millones de monedas en el banco, vas al día siguiente y te dan una. «Aquí tiene -dice el cajero- su dinero; y no se le ocurra protestar que, como nos demoremos cinco minutos, se le devalúa a usted la mitad».

El breve informativo cuenta también que la inflación anual en Zimbabwe es de 2,2 millones por ciento. Es decir, la barra de pan -si la hubiera- que hoy te cuesta un euro, el verano que viene cuesta más de veinte mil. Por lo visto, el precio de las cosas se multiplica allí por 54 de un día para otro.

En un país tan estupendo, no es de extrañar que Mugabe revalide, mandato tras mandato, sus mayorías absolutas. Se conoce que la gente está encantada de que, en esa gran nación, el ministro de Economía tome medidas contra la crisis, aunque sean a base de quitarle ceros a la moneda, de diez en diez.

Leyendo estas cosas, uno tiene que rehacerse el concepto de crisis. Desde luego, la nuestra no le llega a Zimbabwe ni a la altura de catarrillo económico. Y por eso me sorprende ese plan veraniego de Solbes para que los emigrantes que lo deseen regresen a sus países de origen, para recibir allí el paro que les corresponda, todo junto.

Es obvio que esos señores inmigrantes no vienen todos de Zimbabwe, caso extremo, pero tengo la sospecha de que la situación económica de sus países de origen no será mejor que la española. Ofrecerles, ahora que se han integrado, un regreso que no desean no deja de ser de una ingenuidad tremenda.

Y, tras leer esto, podrá el amable lector objetar que no se le está ofreciendo aquí una columna de verano, como anuncia el encabezamiento. Pero, qué se yo, hay días en que dan ganas de ponerse un poco serio y en el lugar de otros que no lo están pasando nada bien.

Porque, aunque el verano nos invita a una cierta suspensión de realidad, no es menos cierto que es también la temporada alta de los viajes en patera. Toda esa gente viene también a nuestras hermosas playas, pero no buscando descanso, sino huyendo de una dramática avalancha de ceros.