Yo, playas

VIGO

Si quiere presumir de vigués, aunque lleve poco tiempo en la ciudad, afirme que nunca pisa la playa de Samil. «Bueno, en invierno, cuando llueven chuzos y ventea no me importa pasear por allí», aclare, como quien reniega del cine comercial y afirma que solo ve películas vietnamitas en versión original. Claro que después, cuando llega la canícula estival, nadie es capaz de explicar de dónde sale tanta alma en bañador apelmazada en el arenal más extenso del municipio.

Ese vigués «de siempre» presumirá de O Vao y proximidades. Seguirá al pie de la letra las predicaciones «vaoistas» realizadas durante años por Leri, el apóstol del viguismo. Don Antonio Nieto, que Dios lo guarde en su gloria, era en sus años mozos un asiduo de Samil que, como le ocurrió a San Pablo, tuvo su particular camino de Damasco y recondujo sus pasos hacia el arenal de la eterna juventud, donde creó su personal paraíso que dio origen a su famoso saludo: Felices en Vigo.

El caso es que todos los domingos, a partir de las ocho de la tarde, al Corredor de O Morrazo le da la «pájara» ciclista en su dirección a nuestra ciudad de tanto vigués que regresa de aquellas playas. La atracción que tienen arenales como el de Barra es tan grande que cualquier día de julio o agosto es elegido por las embarcaciones de la Guardia Civil, Vigilancia Aduanera e incluso las patrulleras de la Armada para que sus tripulaciones hagan prácticas de vista sobre la costa. Soy testigo de ello.

Vigo es playero. Vigo es tan playero que uno de sus hijos predilectos acuñó el eslogan «Yo, playas». Y la gente se lo toma al pie de la letra, por eso se van de copas mayoritariamente a la zona del Areal, e incluso algún nativo restregó por la cara de los madrileños el hecho de que en el foro no tuvieran playa. Y somos tan orgulloso de nuestras cosas que no nos causa bochorno lucir en nuestras calles indicadores que nos llevan a «la mejor playa del mundo». Ni más ni menos, obviando que no acabamos de ayudar a la naturaleza a mantener toda aquella belleza heredada.

Así que, si quiere confundirse con los hijos de O Castro, insista en despreciar la playa de Samil y sus merenderos, jamás reconozca que es uno más de los miles de bañistas que se remojan en sus aguas. Sepa que si no va, muchos otros se lo agradecerán.