¿Viva San Fermín?

VIGO

12 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Pueden llamarme tonto, pero no entiendo cómo un país donde te multan por no llevar cinturón de seguridad permite, al mismo tiempo, que una masa de gente corra por las calles delante de un toro. Y conste que yo soy un gran defensor del uso del cinto, pero por eso no comprendo la segunda parte.

Porque, veamos, si el argumento para ponerse el cinturón es, en último caso, ahorrarle un dinero a la Sanidad Pública, posición que he escuchado varias veces a Pere Navarro, ¿cómo entonces se admite que una masa de gente, en algunos casos borracha, se tire delante de un Mihura de seiscientos kilos?

Me asombra ver las listas de heridos y contusionados de cada encierro. Y me extrañan en un país que, por ejemplo, persigue el tráfico de drogas como un delito «contra la salud pública». Resulta chocante que el Estado no vele en cambio por la salud de estos corredores que andan por la vida revolcándose con los toros por la curva de la Estafeta.

Hechas las objeciones, lo cierto es que me gusta ver los encierros. Por lo menos, en esta actividad los toros tienen una oportunidad. O, mejor dicho, todas las oportunidades, porque ellos llevan los cuernos y la gente sólo va armada de periódicos. Claro que un periódico, en malas manos, puede ser un arma terrible. Y que los cuernos, cuando iba Ava Gadner, los llevaba Frank Sinatra. Pero, de todos los mal llamados «espectáculos» taurinos, en este al menos las fuerzas están más igualadas.

Gracias a Fiesta, de Hemingway, los sanfermines me caen simpáticos, sin que pueda evitarlo, aunque sea profundamente enemigo del maltrato a que se somete a los animales. Pero lo de correr siempre es más bonito que atar un toro a una soga, alancearlo, prenderle antorchas en los cuernos o ahogarlo, barbaridades todas que se hacen ahora en media España con motivo de las fiestas de verano.

Entiendo que, en Vilaboa, hace una década, prohibiesen a «corrida do galo». Y por eso me resulta extraña la permisividad de las autoridades con estas otras salvajadas. Si Inglaterra renunció a su caza del zorro, se hace difícil creer que aquí no se pueda acabar con tanta barbarie contra toros y vaquillas hasta en el último villorrio, en las mismas narices de la Guardia Civil.

Pero está demostrado que los malos son los otros. Y, por si la salvajada fuera poca, la factura sanitaria de los descalabrados de esta semana en Pamplona la pagamos todos. A ver si, aunque sea por el bolsillo, sumamos a alguien a la causa?