Entre juegos y cucharas

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

13 feb 2008 . Actualizado a las 11:35 h.

Es parte de lo que dice la teoría sobre los famosos juegos para empresas. Algo de eso tiene la práctica pero de verdad, de verdad, lo que hacen los participantes es divertirse sin complejos. Es mi traducción libre después de asistir como espectadora a las evoluciones de un grupo de gerentes y directores de recursos humanos en el campo de juegos montado ayer en Mondariz expresamente para la ocasión.

Al principio, muchos nervios, que duraron apenas lo que duró la charla del teórico Javier Valtas. En cuanto se abrió la veda de los juegos se fueron trocando (los nervios, digo) en entendimiento entre los jugadores, desconocidos entre sí hasta ese momento, hasta terminar en complicidad, buenas vibraciones y pura diversión. Es decir, lo previsto.

Jorge Rodríguez, que ejerció de Cicerone, fue introduciendo a los participantes (Alberto, José Ángel, Celestino, Antonio, Rubén, Iria, José Luis, María Teresa, Patricia, Luis, Dolores, Kiko, Carlos, Loli, Fran...) en el mundo de las cucharas gigantes, del equilibrismo sobre alambre con antifaz, de los globos de agua con la cabeza tapada, de los bidones rodantes sin derramar una gota de agua o de la búsqueda del Santo Grial.

Había premio para los mejores, una vuelta en helicóptero sobre el municipio más pequeño de España. El programa fue posible gracias a la colaboración de las firmas + Sports Adventure Consulting, Ingenia Consultores, MetaTraining, Airnor y el Balneario de Mondariz. Es decir, trabajo en equipo, que es lo que vienen a vender. Congruentes. Predican y dan trigo.

Jesús Magaz, el chef de El Soriano, tiene la habilidad de conseguir esos sabores propios de la cocina que cada día practican con tanto mimo madres y abuelas, máxime si como ocurre esta semana está entregado en cuerpo y alma a los platos de cuchara y de cazuela.

Los clientes habituales saben bien de esa mano especial de Jesús porque, de vez en cuando, les sorprende con unas lentejas con pichón o con un rabo de buey estofado que quitan el sentido. Tantas peticiones les llevaron a la conclusión (a Jesús y a José, su hermano y socio) de que se imponía organizar unas jornadas de cuchara. A ello se pusieron y ahí está el resultado.

Ayer tuve oportunidad de catarlo en buena compañía: Rodrigo Arteaga, Secundino Quinteiro, Pepe Cadavedo... Y, claro, los anfitriones. Todos muy entendidos en vinos, cosa que agradecí por partida doble. Primero, porque hicieron una obra de misericordia enseñando (al menos intentándolo) a la que no sabe y, sobre todo, porque no me enseñaron precisamente a distinguir unos vinos del montón.

A fe que las ya citadas lentejas con pichón, las fabes con almejas, las fabes con cocochas, el rabo de buey y el gallo del corral de doña Margarita estuvieron bien maridados. Un Pujanza para empezar, un Pujanza Norte (del que apenas se hacen 8.000 botellas) y un Trasnocho (realizados con uvas vendimiadas de noche) para seguir y, para cerrar fiesta, un Nido. Sí, ese jumilla que mejor reservar para ocasiones muy especiales. También por el precio. Uffffffff. Rodrigo Arteaga, una de las manos derechas de Carlos Falcó hasta hace un año, ahora hombre de la bodega Pujanza, demostró que su fama de buen catador no es gratuita.

Aprovechando la proximidad de San Valentín, le pido que elija vino para declararse. «Champán rosado», afirma sin pestañear. Sabe por experiencia propia que es infalible. ¿Y para una bronca?, le pregunto. «Un tinto con estructura». ¿Y para hacer negocios? «Siempre uno de la zona y moderno. Si el negocio es bueno y se cierra, un Oporto de alta gama». Palabra de experto.

Convocados por El Imán, un grupo de amigos dieron ayer su particular adiós a Antonio, compañero recientemente fallecido. Recuerda Antón Bouzas que era uno de los asiduos en los espacios de encuentro café-calor y bocateo, dentro del programa Sereos Casco Vello. Todos intentaron hacerse los fuertes, pero la emoción se desparramó sin remedio.