Todos los partidos se atrincheran ya en hoteles de lujo evidenciando la separación entre políticos y ciudadanía
10 feb 2008 . Actualizado a las 02:00 h.El integrante de uno de los anteriores gobiernos de la Xunta, antes de llegar a los mítines y actos electorales de su partido, ordenaba a su chófer detener su vehículo oficial en un punto prefijado con los responsables de organización de su formación. Allí, se bajaba del coche y se subía a un taxi, y en su asiento posterior recorría los kilómetros finales antes de ser recibido entre vítores, banderas y aplausos en el pabellón de turno, en el mesón más céntrico del pueblo, o en el palco de la música. Su humildad era casi siempre ensalzada. «¡Viene en taxi!», decían sus seguidores, aplaudiendo el hecho de que el dirigente no se aprovechase de su puesto en la Xunta para utilizar en favor propio y de su partido los bienes públicos. El taxi blanco no lucía ningún tipo de distintivo más que una discreta plaquita de S.P. (servicio público), pero con eso llegaba.
El taxista contratado, además de trasladar al conselleiro, portaba en su chaqueta unos cuantos pitillos Winston de contrabando, los únicos con los que disfrutaba el político, porque los que se empaquetaban en España le sabían mal. Y así, a los ojos del votante, el conselleiro viajaba en coche privado y fumaba tabaco rubio, sin más apellidos.
Eran otros tiempos, aunque no pasaron tantas elecciones, pero los detalles pesaban antes en una campaña casi tanto como el mensaje.
Ya no hay disimulo
Hoy, los pequeños gestos, al menos en política, parece que no dan tanto rédito electoral ni mayor credibilidad. Quizás por ello los partidos no disimulan como aquel conselleiro y se van con sus actos a hoteles de lujo, donde no llegan más que los afiliados más cercanos al aparato del partido y todos juntos se parapetan ante posibles comisiones de afectados de todo tipo.
Las oportunas y sesudas críticas blandidas por la izquierda contra la esposa de José María Aznar, Ana Botella, por presentar en su día los proyectos de su concejalía de Bienestar Social en el Ritz de Madrid, un hotel de cinco estrellas, tan elitista como demodé, no han cuajado en el manual básico del candidato. El único hotel de cinco estrellas de Vigo sirvió el jueves de escenario al vicepresidente de la Xunta, Anxo Quintana, para contar como va a atender desde su departamento a los ancianos y a los necesitados. Un nuevo contrasentido, por mucho que los 500 abuelitos invitados se merezcan un piscolabis en un establecimiento de lujo, y todos, ellos incluidos, destinemos parte de los impuestos a pagar una fiesta didáctica, casualmente en período preelectoral.
Otro hotel de cuatro estrellas sirvió también a los nacionalistas para presentar sus listas electorales en Vigo, como hicieron lo propio los socialistas con otro establecimiento de la misma categoría en el que no cabían, ni querían estar, más que los que llevaban carné, porque parece que los partidos se han convencido de que nadie más les quiere escuchar más que cuando es absolutamente necesario.
El PP también se concentró el jueves en otro hotel de cuatro estrellas para reivindicar una política más integradora con Portugal. La diferencia es que en los eventos del PP ya no hay nada que picar, como sí ocurría cuando gobernaban con Manuel Fraga al frente. Los canapés, las empanadas, las tortillas se han trasladado ahora a los actos del PSOE y sobre todo a los del BNG. Poder es querer, pero en política, el poder es sobre todo dinero y eso es muy difícil de disimular, sobre todo cuando no se tiene intención de hacerlo, como aquel conselleiro que fumaba Winston de batea camuflado. Porque hoy, Emilio Pérez Touriño preside actos del PSOE confundiendo magistralmente su doble condición de jefe de Gobierno y líder del partido. Porque todo se mezcla, se puede entregar en un mitin de Núñez Feijoo en América un certificado de una subvención de la Diputación de Pontevedra.
Y es que el poder obvia ya ponerse por lo menos la plaquita de S.P., aunque sea unos metros antes de su cita pública, para disimular.