Cualquiera que se ponga al volante en Vigo sabe que el asfalto es una jungla sembrada de conductores agresivos. Cada paso de cebra es una trampa, y cada semáforo en ámbar, una excusa para acelerar. Las rotondas se transforman en promesas de chapa y pintura, y las avenidas, en zonas habilitadas para pisarle entre radar y radar. La ciudad más poblada y humeante de Galicia se erige así como la de mayor siniestralidad leve del noroeste. La doble fila satura algunas de las principales avenidas Las dificultades que presentan las calles de Vigo son de sobra conocidas por los conductores de autobús. Si es difícil salir ileso del delirante tráfico vigués con un turismo, más complicado aún resulta cuando se circula al volante de un mastodonte de doce metros de largo en cuyo interior bailan hasta cien personas. Y el reto es ya mayúsculo cuando el recorrido pasa por algunas de las calles más afectadas por el fenómeno que mejor caracteriza al tráfico vigués: la doble fila. «En Travesía, Torrecedeira, Sanjurjo Badía, Camelias o la Florida tenemos muchísimos problemas, porque cada poco nos encontramos con un coche en doble fila», advierten en Vitrasa, que en los últimos años ha desarrollado una eficiente red informática que permite plantarle cara al tráfico: el SAE, Sistema de Ayuda a la Explotación. Una centralita conectada en tiempo real con toda la flota Tras ese abstruso nombre se oculta una centralita informatizada desde la que se sigue en tiempo real a todos y cada uno de los autobuses de Vitrasa. Y en ocasiones hay en la calle hasta 105 vehículos al mismo tiempo. Cada uno emite una señal de GPS que se mueve por las grandes pantallas de colores de la sede central de Vitrasa, convertida así en una peculiar sala de juegos, de la que salen además los mensajes que lucen en los paneles informativos de las paradas. «Sabemos en todo momento dónde están y el retraso o adelanto que acumulan. Pueden informarnos cada vez que se encuentran con algún obstáculo, para que podamos reprogramar el resto de autobuses de la línea, con la idea de que siempre haya el mismo tiempo entre buses», explica Juan Estévez, el jefe de explotación. Las pantallas indican cuando hay que reforzar una línea En las mismas pantallas aparece el número de pasajeros que hay en cada momento en cada autobús. Se ve cuántos suben, cuantos bajan y donde lo hacen. En un Vitrasa pueden entrar como mucho 105 personas, así que cuando la cifra sube de 90, se activan las alarmas. «Así podemos mandar autobuses de refuerzo cuando hacen falta en una línea», aclara a su vez José Lloret, jefe de Movimientos. Para ello cuentan además con la ayuda de los diez inspectores que recorren las calles de parada en parada. La central se conecta al bus cada vez que hay un atraco El sistema es así un arma esencial para los conductores. Incluso cuando hay un atraco. «En ese caso se abre la comunicación y vemos todo lo que está pasando en el autobús», rematan en una compañía que cada día mete 116 autobuses en la jungla viguesa.