La Mirilla
26 abr 2007 . Actualizado a las 07:00 h.La plaza de O Berbés se transformó ayer durante unas horas en escenario de solidaridad. Fue a propósito de la merienda-cena (con fiesta posterior) que organizó el grupo de autoapoyo O Imán con la ayuda de la Federación Vecinal y de personas sin techo. Éstas fueron en realidad las principales protagonistas, ya que el objetivo del encuentro no era otro que concienciar a los vigueses de la necesidad de arrimar el hombro para evitar que ningún hijo de Vigo siga viviendo en condiciones infrahumanas. Resulta difícil cuantificar las personas sin techo que viven a nuestro alrededor, pero el hecho de que al local de Sereos del Casco Vello acudan cada día una media de doscientas en busca de bocatas y café con leche caliente puede dar una pista. Si el termómetro para medir el grado de compromiso ha de ser la respuesta obtenida ayer, estamos en el buen camino. Cientos de personas respondieron a la llamada de Antón Bouzas y Elena González (dos de las caras más visibles de las entidades convocantes) aportando su granito de arena. Tuvieron la oportunidad de convertirse en espectadores de excepción los 23 integrantes del programa europeo My Voice, que desde ayer visitan Vigo para comprobar cómo trabajan las organizaciones locales y compartir experiencias. Llegaron desde Inglaterra, Alemania, Polonia y Turquía. En su primer día de estancia apenas tuvieron sosiego. De buena mañana mantuvieron una reunión de trabajo en el local de Sereos (programa que por cierto quieren importar en sus respectivos países); a mediodía les recibió Corina Porro, comieron luego en la Asociación Camiño Vello de Coia, donde participaron en algunas de las actividades que allí se realizan, entre otras, los talleres de inglés y risoterapia, para finalizar la jornada en la cena-fiesta de O Berbés. Creo que a mitad del sarao alguno ya quería quedarse en Vigo para siempre. Lo entendemos. Todo él en pleno ejerció ayer de anfitrión a propósito de la recepción que, una vez al año, ofrece a las autoridades autonómicas y locales. Es su forma de agradecer la colaboración que habitualmente les prestan. La tradición consular de Vigo se remonta más de un siglo atrás. José Antonio Román, cónsul honorario de Dinamarca, no se atreve a poner fecha a la apertura del primero que, dice, la tradición oral sitúa a finales del XIX. Fue el británico. En cuanto el gobierno de Su Majestad (por aquel entonces reinaba Victoria I) echó un vistazo al mapa, no tuvo dudas de que el de Vigo era el primer puerto seguro por el que, obligatoriamente, tenían que pasar sus barcos camino de casi todas partes. Resultado, se ordenó establecer aquí una oficina consular. La primera de Londres en España. Y también la primera que abría sus puertas en Vigo. Poco después el gobierno de Buenos Aires hizo lo propio y enseguida se fueron sumando otros, lo que terminó por convertirnos en el eje consular de Galicia. A día de hoy alrededor de una veintena de países mantienen oficinas abiertas, la mayoría atendidas por cónsules honoríficos. Salvo error, sólo los de Argentina, Venezuela y Portugal son de carrera. Ésta última, Regina Flor e Almeida, fue ayer, en su calidad de decana, la encargada de pronunciar el discurso de agradecimiento. Entre todos suman cientos de anécdotas. Que si es por años de ejercicio, los que más deben de acumular, precisamente por veteranía, son Alberto Durán (Noruega y Suecia) y Adriano Marques (Ecuador). En la esquina opuesta, el que tiene la alforja más vacía (acaba de aterrizar) es Jorge Burgos (Uruguay). Un deseo unánime flotaba en el ambiente: que el próximo año vuelvan a estar, como mínimo, los mismos. Eso.