IN VICUS | O |
16 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.Pertrechada con toda la documentación legal y fiscal que creía precisar me dirigí a primera hora de la mañana al Ayuntamiento. Consciente de lo difícil de la gestión, acompañé al papeleo una gran dosis de paciencia y buena voluntad. Entré en el patio del Consistorio y tras echar un rápido vistazo localicé la ventanilla a la izquierda en la que, supuestamente, tendrían que solucionar mi problema. No había nadie. Esperé unos diez minutos hasta que apareció un funcionario con cara de disgusto. Supe al verle que no iba a tratarme bien. No me equivoqué. No sólo me atendió con unos modales bruscos, que dejaban mucho que desear en una persona que debe atender al público, sino que me despachó expeditivamente indicándome que era otra la sección a la que tenía que dirigirme. Me di la vuelta y me encaminé a la ventanilla de pagos, confiando en que pudieran explicarme la situación. Aguardé a que las tres personas que había delante de mí fueran atendidas para plantear mi problema. La funcionaria, una joven amable y solícita no dudó en consultar a otra compañera antes de explicarme qué era lo que tenía que hacer. Básicamente pagar y después reclamar una devolución por exceso, lo cual me pareció además de una perdida de tiempo y trabajo, una muestra más de la inoperatividad de la burocracia administrativa. Pero, claro, no podía ser tan fácil. Tenía que regresar a la primera ventanilla para pedir un documento. Cariacontecida afronté una vez más al desagradable funcionario dispuesta a no marcharme hasta obtener lo que necesitaba. No fue fácil. Tras mucha insistencia me despachó diciéndome que planteara mi problema en un escrito dirigido a la Alcaldesa Presidenta. Escrito por cierto enviado hace más de tres meses y que no ha recibido respuesta. Los que tenemos que enfrentarnos con frecuencia a las diversas administraciones sabemos que no es un tópico el del funcionario mal encarado, hastiado y parapetado en un puesto de trabajo del que no se le puede echar. Obviamente, hay muchas excepciones pero una manzana podrida estropea al resto del cesto. Dudo que un empleado así hubiera conservado su trabajo en una empresa privada. La compartimentación de funciones, la poca flexibilidad y la falta de amabilidad no pueden seguir consintiéndose en unos trabajadores que se deben a los ciudadanos quienes, por otra parte, son los que pagan sus salarios.