Los caballos son su vida y se nota. Un detenido paseo por el backstage del Concurso Internacional de Saltos cambia la concepción que un profano pueda tener sobre el mundo de la hípica. Lo primero que descubre es que no hay sitio ni tiempo para pijerios. En un campeonato de este calibre hay mucho en juego, así es que se impone el trabajo y la disciplina. Son las doce y media de la mañana (de ayer). En la pista termina su recorrido José Bono (hijo, claro) y lo empieza Álvaro de Miranda ante la atenta mirada de su mujer, Athina Onassis que, arrebujada en un anorak, no mueve un músculo. Ni de aprobación al principio, ni de contrariedad cuando sabe que no estará entre los primeros. Vende caras las sonrisas. Igual que las palabras. «No voy a contestar a nada», dice en un perfecto y frío inglés. «No te molestes, no es nada personal, es que nunca habla con periodistas», apostilló la mujer que la acompañaba. Una tercera persona que no era la primera vez que coincidía con ella, comentaría luego que es proverbial su sequedad en el trato, cuando no sus malas pulgas. Ella se lo pierde. Entre tanto, en la pista de entrenamiento se baten el cobre medio centenar de jinetes. Entre ellos, Cayetano Martínez de Irujo que, aunque no compite hasta las siete de la tarde, llegó al Ifevi a las ocho y cuarto de la mañana. Pues, aunque pudiera parecerlo, no fue de los más madrugadores. Los primeros llegaron a las siete de la mañana. Es parte del trabajo y la disciplina a la que antes hacía referencia. Luis Fernández Areiza que, además de ser la voz del campeonato, es un gran conocedor del mundo ecuestre, me ilustra sobre aspectos que ignoro y, de paso, responde a la pregunta que él mismo se hizo en la jornada inagurual. Ya saben, aquella de qué tendrá Vigo que todos los grandes jinetes quieren venir y los que ya lo han hecho quieren volver. La respuesta en cuestión es que Vigo cuenta con unas condiciones técnicas inmejorables. Todo está muy cuidado. «Sin ir más lejos, la pista de entreamiento _a cuya vera hablamos mientras medio centenar de jinetes de ejercitan_, es siete veces más grande que la de Londres. Por no hablar del público. Hay muy pocos públicos tan participatitovs entregados, entendidos y, al tiempo, respetuosos como el vigués», sostiene. Y que aquí las apuestas, que haberlas haylas y muchas, jamás generan problemas, cosa que sí ocurre en recintos de otras latitudes. No menos importante es el trabajo en las cuadras. Los controles antidoping son más que estrictos y los cuidados médicos o de hábitat están garantizados. Quiero comprobarlo personalmente, así es que allá voy. En efecto, los caballos aparentan vivir como reyes. Un cuidador se afana aquí en alimentar a los animales, otro más allá les da un masaje, otro les echa una manta para que no se enfríen... Es en medio de tan bucólica escena cuando me topo de frente con José Bono, que viene a comprobar cómo están Nipón y Jikael de la Babette, sus caballos. Con cierto temor, fruto del desplante que acababa de recibir de Athina, le pido que me dedique unos minutos. «Los que quiera», dice con exquisita amabilidad. Allí mismo, sentados sobre unos cajones, iniciamos la charla. Quiero pensar que tanta comprensión no se debe a que, además de dedicarse a la hípica, estudia cuarto de Periodismo, «profesión que no voy a ejercer en mi vida», dice. Tiene 22 años y hace diez que empezó a competir. Es la primera vez que viene a Vigo como participante, pero ya piensa en repetir. Sí estuvo anteriormente como espectador. «Mi padre (ya saben, el ex ministro) tenía un acto aquí y le pedí que me trajera. Y lo hizo», explica. Ahora quiere que venga a verle saltar. Le digo que será fácil porque su agenda ya no estará tan apretada. «No tiene horas suficientes el día para todo lo que hace», cuenta. Con todo, igual puede hacer un hueco. De lo que no quiere hablar es de su supuesto noviazgo con la hija de Amancio Ortega, Marta Ortega. «Aquella foto fue un montaje, una mentira. Apenas había coincidido con Marta en un par de concursos, y encima me generó un problema con una amiga», asegura motu propio. Confiesa que le gustaría pasar más desapercibido. «Muchas veces tienes que parecer más bueno de lo que eres». Justo cuando nos despedimos se asoma Alberto Honrubia, su maestro y ayer también rival. Por supuesto, le dio un buen repaso en la pista. El único cero histórico de un español en una olimpiada (Los Ángeles 84) venía a buscarle para comer. En efecto, poco después les veo dar buena cuenta de unas pizzas. Dos mesas más allá Athina y su marido optan por el pollo con pasta, patatas fritas, sandía, melón y refrescos de cola.