Depuradora ya, y sin discusión

VIGO

IN VICUS | O |

13 oct 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

CUANDO nos asomamos al mar que nos rodea en lugar de disfrutar de sus aguas cristalinas tenemos que afrontar una turbidez tal que no podemos sino sorprendernos ante la capacidad de adaptación y supervivencia que tienen algunas especies piscícolas a la contaminación que los seres humanos vertemos con tanta ligereza. Y es que esa turbidez no deriva de los fuertes movimientos de las olas en los fondos arenosos como algunos quieren hacernos creer. Baste acercarse a la zona del puerto para comprobar como una capa grasienta cubre el agua, sin duda, el resultado de las fugas de combustibles y aceites de las embarcaciones, tanto de recreo como mercantiles, que atestan los muelles y pantalanes. En algunas playas de nuestro litoral, se pueden apreciar ciertas zonas con espuma que en nada tienen que ver con la que produce el agua oceánica. En otras, la cantidad de algas es tan ingente que uno debe preguntarse cuál es el nivel de materia orgánica existente, pues sólo con mucho alimento puede crecer tanto la vegetación marítima. No son pocos los arenales en los cuales las bajamares más intensas dejan a la vista las largas tuberías que vierten los deshechos urbanos al mar, obviamente sin depurar. ¿Qué decir de las cañerías que gotean directamente de algunas viviendas construidas en las rocas de los pequeños acantilados? Y ante semejante desastre ecológico y medioambiental, y a pesar de las miles de toneladas de vertidos sin controlar que llegan a nuestra ría, cuyos pescados comemos y en cuyas aguas nos bañamos, tan inconscientemente, nos permitimos discusiones bizantinas sobre la ubicación de una depuradora tan imprescindible como poco popular.