Érase una vez, un solar triste, que observaba cómo con el transcurso del tiempo las parcelas vecinas iban siendo ocupadas mientras, él, permanecía vacío. Sintiendo la fresca brisa del mar y las agradables caricias del sol, ansiaba poder compartir su privilegiado entorno con una vivienda unifamiliar que fuera habitada por niños y adultos, para oír sus risas y sus conversaciones, para verles crecer y madurar, para sentirse útil y hermoso con un buen jardín. Por fin llegó el tan deseado día de las palas excavadoras, pero no resultó como el solar había soñado. Le invadió un ejército de obreros con cara de enfado y ganas de acabar cuanto antes. Comenzaron a agujerear su interior hasta llegar muy hondo y sin ningún género de vergüenza le hincaron los cimientos de lo que parecía que iba a ser una casa muy grande. Tan grande, que superó en muchos pisos a las casas de los vecinos. Tan grande, que hasta le impidió disfrutar del calor del sol y de la brisa del mar porque su sombra todo lo tapaba. Tan grande, que no podía oír los trinos de los pájaros ni las voces de las personas que la habitaban. Y el solar comenzó a sentirse deprimido. Empezó a echar de menos los grillos que cantaban al atardecer y las mariposas que volaban al salir el sol, y el fresco aroma de las madreselvas silvestres y el dulzor de las zarzamoras. Y la fachada de hormigón comenzó a mostrar humedades y grietas, y las vigas del interior se doblaron y, llegó otro ejército de obreros, todavía más enfadados, para derribar aquello que habían construido tan deprisa y mal. Y el solar volvió a estar vacío, pero jamás volvió a sentirse triste porque prefería estar solo que tan mal acompañado.