Memoria de Vigo Vigo ayudó a la hermana, al sobrino y a la viuda de Manuel Curros Enríquez y erigió un monumento al poeta, que en principio se situó en la Alameda, en 1911
03 jun 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Manuel Curros Enríquez (Celanova, 1851-La Habana, 1908), el gran poeta gallego, tuvo vínculos con Vigo, estrechados con la estatua que se erigió en su honor al conocer el fallecimiento del ilustre galleguista. El monumento se descubrió con gran solemnidad el domingo 13 de agosto de 1911, en la Alameda, que aún tardaría más de dos décadas en recibir el nombre de Plaza de Compostela. El acto se celebró con solo unas horas de diferencia con respecto a la célebre reunión de notables locales en Toralla, que acogidos a la hospitalidad de Martín Echegaray en la isla dieron un empujón notable al proyecto del tranvía urbano. De hecho, tres años después era realidad el servicio, después de una larga espera. El masón Curros, condición que le atribuye el profesor Alberto Valín, tuvo aquí un buen amigo, como era Manuel Olivié, largos años secretario del Ayuntamiento. Según testimonio del brillante funcionario, pasaron juntos, en Madrid, las navidades de 1876, cuando para Curros era una pesadilla el rechazo por los editores de su novela «Paniagua y compañía». Olivié le acompañó a algunas otras visitas con el propósito de colocar aquella obra, igualmente sin éxito. Cuando en 1877 pasó por Vigo camino de Celanova, Curros escribió en el álbum de un amigo, F. Gil Acuña, donde cantaba a esta ciudad y decía: «de tu sol bajo el imperio / ¡oh Vigo!, préstame leal / una choza en tu arenal / o un hoyo en tu cementerio». Más allá llegó en otra estancia en la Oliva en mayo de 1904: anunció su propósito de vivir en la ciudad, algo que nunca haría. A la muerte de Curros, por sugerencia de Ortega Munilla, la sociedad recreativo coral La Oliva levantó el monumento al poeta. La estatua fue obra de Coullat Valera, el buen escultor que hizo también el Sagrado Corazón de Jesús de Bellavista. La primera piedra se colocó en 1910 y al año siguiente se hizo el descubrimiento e inauguración. Por entonces, un sobrino de Curros pordioseaba por Vigo y fue ayudado, como su madre, Sofia Curros Enríquez, que murió en esta ciudad a los 50 años. También se concedió una pensión a la viuda del bardo, que no sabemos cuanto tiempo se mantuvo. Durante años, en el aniversario de Curros se orgnaizaron veladas en su memoria. En los primeros años cuarenta la estatua sufrió un traslado y en el mandato de Rafael J. Portanet fue desplazada al Castro, lugar que no pocos consideramos poco apropiado. Pero es bien sabido que aquí las estatuas tienen la rara virtud de moverse: sucedió con ésta, ocurrió también con la de Elduayen, varias veces cambiada de lugar, e igualmente se trasladó la de García Barbón, aunque en este caso el cambio fue para mejor. Después de estar 70 años en un emplazamiento provisional, por cierto.