CUARTO OSCURO
25 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.COMO CUANDO uno, para evitar un atropello, da un giro brusco al volante y acaba por meter bajo las ruedas de su coche a otro transeúnte que caminaba por el arcén contrario. Dudando después de la decisión tomada. Así es como me siento al escribir, ¡ otras vez más ! -y van no recuerdo ya cuántas -, sobre la violencia contra la mujer. He dedicado muchos artículos a este horror incidiendo en aspectos jurídicos, sociales y culturales que, si algo explican, nada cambian a la vista de los reiterados sucesos de los últimos días en Vigo. Y uno ya no sabe sí, los medios de comunicación, altavoces del drama, actúan sobre el violento como freno o acicate de su barbarie. Si, el oprobio público, les cohíbe o les motiva. Y uno siempre ha considerado más importante una vida que una noticia, salvo que la segunda salve muchas primeras, que no parece el caso. Es frustrante el empecinamiento de estos canallas en la dominación, el abuso y la violencia. Quizás a los medios les es exigible, en este tema, una especial cautela que pasaría, entre otras actuaciones, por impedir que se publiquen respecto de los denunciados por malos tratos, mientras no exista una sentencia judicial condenatoria, y junto a sus iniciales, otros datos biográficos y soportes gráficos que, aunque genéricos, permitan su identificación y una más que posible condena social prematura de su entorno añadiéndolos como víctimas a un paisaje desolador ya opresivo en extremo. En cualquier caso, en este asunto no se puede hacer del callar a tiempo una virtud, sino del denunciar una y las veces que sean necesarias. El miedo es la sepultura de la que calla y el silencio la losa bajo la que puede enfriar su cadáver. Ciertamente son muchas las mujeres maltratadas que retiran sus denuncias, perdonan al violento y vuelven con él. Cabe ser comprensivos aunque resulte inexplicable desde una genérica concepción masculina que, esencialmente, se impulsa en el tener, los logros materiales como escaparate de su valía personal, profesional y social. Un criterio economicista de tendero que hace balance de sus existencias en el almacén y utiliza el posesivo para denominar su negocio, su coche, su casa, sus muebles y su mujer. En calidad de su propiedad puede hacer con ella lo que quiera. ¡Imbecil! La mujer, por el contrario, se reconoce su identidad en el ser y, dentro de éste, en ser amada. De ahí que, vivido el maltrato como un fracaso personal, reitere sus intentos de convivencia con el maltratador en la creencia de que, esta vez sí, cambiará definitivamente y, con ello, la mujer exhortará ese maldito sentido de culpa tan propio de los inocentes. Es desolador imaginar al violento impávido ante tanta palabra. Sólo sirve para constatar que, o bien no me lee ningún maltratador, o carece de la capacidad de reflexionar o, bien, es un mal nacido inmune al dolor ajeno. Sepa, en este último caso, ese insultante cabrón, que su madre también es mujer y que, como todas, se queja menos y le duele más.