IN VICUS | O |
24 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.CUANDO uno piensa en una metrópolis lo primero que se le viene a la cabeza es una ciudad de la envergadura de Londres, París o Madrid con un centro de negocios, un casco histórico, una periferia residencial de vasta extensión física y pequeñas localidades limítrofes absorbidas dentro del área metropolitana. Si se reduce la escala para adaptarla a la realidad gallega, Vigo y su área de influencia reúnen todas estas características sin género de dudas. Aquellos que hemos nacido en las últimas décadas del siglo XX apenas si reconocemos la ciudad en la que crecimos. Los límites urbanos que se extendían poco más allá de Sanjurjo Badía, el Calvario o las Traviesas hoy apenas si son zonas de tránsito hacia la mancomunidad. La densidad urbanística, el volumen del tráfico, el crecimiento industrial y empresarial, la extensión del área portuaria, el nivel de intercambio comercial han convertido a esta pequeña villa pesquera y conservera en el referente industrial de Galicia. Sin embargo, su pujanza se está viendo ralentizada porque sus infraestructuras, sus instituciones políticas y económicas y la concepción urbana que la identifican se han quedado obsoletas. El marco de actuación, las inversiones y la posibilidad de crecimiento racional se ven coartados por la restricción institucional. Vigo necesita crecer de forma racional y para ello, es preciso que los políticos bajen de su pedestal, se sienten a trabajar y hagan de esta ciudad lo que se merece: el centro de un área metropolitana, el núcleo de una ciudad del mar y un ejemplo de urbanismo integrador, ecológico y humanizado. Los vigueses ya estamos hartos de ser moneda de campaña electoral.