CONTRASTES
11 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.DEL menos que aprendiz de río, del Lagares, tomó para siempre su apellido artístico Francisco González, nacido en Vigo, junto a ese exiguo curso fluvial cuando cruza Castrelos. Y ya es internacionalmente conocido y admirado como Fancisco Lagares, pintor, representado en el Museo de su ciudad natal y en colecciones como la de Caixanova, institución que, en justicia, debe incluirle en su prestigiosa serie de «Grandes artistas gallegos», en la que, desde que la inició en l984 con la dedicada a Urbano Lugrís, ha acogido a famosos plásticos ya fallecidos o que hayan superado los 60 años de edad. Acaba de llegar a ellos Lagares, nacido en 1944. Aunque reside en Madrid y vive a temporadas en Barcelona, sigue vinculado a su tierra natal, que está en su pintura, desde el mar, el puerto, los pueblos costeros, hasta esos lugares interiores donde los maizales son ondulados por el viento suave o juegan las luces nocturnas por Baiona y más allá cuando el faro de Cabo Silleiro lanza sus iluminaciones fantasmales. Lagares celebra estos días una magna exposición de su obra de los últimos años, denominada «Encontros» en el Museo Municipal de Ourense. Y en esta ciudad de pintores, a la que acude por vez primera, ha sorprendido y entusiasmado la obra del vigués que cosntruye sus cuadros con polígonos de una geometría inefable que es tangente o secante; que es azul, verde tierno o rosada. Que es, en fin, idea, ensueño, imaginación y recreación de lo entrevisto. De aquello que contemplamos con los ojos del rostro y rememoramos con los del alma, cuando se ha guardado en el desván de la memoria y vuelve a aflorar, convenientemente decantado y con una carga lírica que hace que la naturaleza sea, en verdad, paisaje, estado de sensación, fugaz en la idea y así perpetuado sobre el lienzo. De sus anteriores gamas donde dominaban negros y carmines, Lagares ha pasado a otra menos contrastada. Son sus paisajes absolutas abstraciones de la realidad. Algo así como si esa realidad la contemplara en un gran espejo que ha sido agredido y forman mil imágenes inscritas en una sola mayor cargada de confusión aparente. Porque, en realidad, la pintura de Lagares es razonada y razonante, lógica y cabal, hasta reposada en su implícita dinamicidad, claro que partiendo de esa duda cartesiana que le lleva a reflexionar sobre la iconicidad sintética, para que los volúmenes sean aristas, planos. Algo así como si la naturaleza la contempláramos en un caleidoscopio, en cuya ilusión de imágenes, se multiplican, repitiéndose, aunque el espectador crea que son una, de cromatismo casi delirante. Personal e inconfundible pintura actual.