Pérez Lorente, arquitecto y viajero

| PABLOS |

VIGO

CUANDO teníamos en las manos su delicioso libro «Encuentro Galicia», coeditado por Caixanova y el Colegio de Arquitectos y de seguro que mucho menos difundido de lo que merece, supimos de la muerte de Tomás Pérez Lorente, arquitecto y viajero puntual, enamorado de Galicia hasta el punto de dejar constancia escrita de que la creía una bendición de Dios, y los suyos un anaco de esa misma acción divina. Siempre nos sorprenderá la esquela mortuoria del amigo, por más que sepamos que era mayor que nosotros, que tampoco somos niños ya, y que padeciera seria enfermedad que disimulaba con silencios y parquedad expresiva ajena por completo a la antipatía, que nunca habitó en él. De familia viguesa bien conocida, hijo de un buen alcalde de los años difíciles de la postguerra y hasta que iba bien doblado el siglo veinte, fue doctor arquitecto, autor de obras notables con su colega Yáñez Ulloa. Entre ellas, queremos recordar, la funcional Escuela de Formación Profesional Acelerada del Meixoeiro y no pocos edificios notables en la ciudad. El último, uno de viviendas, en la calle Romil, que no ha visto concluido. Tomás, amigo, me paró hace no mucho en la calle y pidió mi colaboración para una empresa literaria o profesional en que estaba empeñado. Acepté su petición y no volvimos a vernos. Me gustaría saber qué ha quedado inconcluso en la tarea cotidiana de este arquitecto de habilidad manual notable, maquetista, condecorado por la Armada, preciso viajero que nos da en el libro aludido una Galicia contada y dibujada con esos dibujos recios y escuetos de los arquitctos, semejantes a los que hacía su colega y maestro Chueca Goitia. Tomás lo vio todo y todo lo anotó con precisión: carreteras, distancias, giros, accidentes geográficos, castillos, castros, catedrales, conventos, conjuntos urbanos, fotalezas, torres. Con cariño y maestría lo elogió Cela en el prólogo que puso a ese libro que ahora bien merecía una presentación y comentario que constituyera homenaje y recuerdo a su autor, que acaba de irse al postrer e inevitable viaje. Porque sin pretensiones, sin más que el saber y la paciencia de quien amaba a Galicia hasta los tuétanos, Tomás Pérez Lorente, en una treintena de puntuales rutas, recuenta y comenta todo cuanto de bello, interesante o curioso hay en el país, de punta a cabo, no tan a la pata la llana como dice Cela, pero si con el corazón sosegado, que es imprescindible para bien decir y dejar huella en el lector. Se nos van vigueses señeros, amigos que quisimos y escuchamos para aprender, aunque Pérez Lorente era todo menos profesoral o enfático. Acaece, no obstante, que la sencillez cala hondo, si lleva la verdad y el saber auténtico consigo, aderezado del secreto a voces del amor.