CONTRASTES
04 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.CERCA de un centenar de curiosos y muy bellos ejemplos de Belenes concurren al tradicional certamen de Caixanova, que alcanza ya nada menos que cuarenta años de existencia. Y año tras año, la imaginación, la inventiva, el ingenio de sus constructores crece y se aquilata. Utilizando materiales insólitos, que van desde los desechos de madera al alambre o las conchas de marisco, aficionados vigueses a este arte peculiar, tan antiguo y entrañable, levantan, sobre una superficie de no más de un metro cuadrado, el tinglado de su personal entendimiento de esta tradición, que inició en vivo, allá por el siglo XIII, San Francisco de Asís, y continuó en el Nápoles carlotercerista barroco, de donde vino a España, para que el cuarto de esos Carlos borbones, aficionado a artesanías y ocupaciones improductivas, se entretuviera montando el suyo, de cerca de cinco mil figuras de gran tamaño, sólo organizables en los inmensos salones del real sitio de La Granja de San Ildefonso. Poco queda de aquella maravilla, y está en el madrileño Museo de Artes Decorativas, mimado por la Asociación de Belenistas como si fuera de Salzillo, otro maestro del belenismo, bien conservado en su Murcia natal. Del jurado inicial del certamen de Caixanova pocos quedamos. Son ya sombras, mas sombras enamoradas, que diría Quevedo, Angel Ilarri, Antonio Cominges, Eloy Hernández, Isidro Palacios... Y también Prieto, montador del gran Belén del vestíbulo del edificio central de la citada institución y sabía y discreta opinión en ese grupo calificador durante muchos años. Miles y miles de personas están visitando, como tantas Navidades anterores, los Belenes del concurso, cargados de anacronismos porque el relato piadoso en que se basan los contiene y porque nosotros le añadimos adaptaciones de clima, orografía, zoología, etc. Mas ahí está su encanto, y todo cabe en este arte familiar y entrañable, principio de tantas vocaciones plásticas más tarde cuajadas en nombres propios de la cultura, que no se perdera mientras no se acabe la ternura.