ANTÍPODAS | O |
12 nov 2005 . Actualizado a las 06:00 h.HABRÁ QUE tirar una moneda al aire, pero cuando salgan estas líneas ya habremos resuelto el dilema de si ir a ver o no, en vivo y en directo, la salida de la Volvo Ocean Race. Y se decidirá teniendo en cuenta que bajar al muelle no garantiza la visibilidad, pues así es el reglamento no escrito de los actos que concitan la presencia de multitudes, y que se consuman en un día, unas horas o un instante. Por fortuna, esta ciudad se acuesta en pendiente y se podrán buscar miradores, aunque no hay como ver las cosas de cerca, suerte que se reservará a los vips y a los espabilados que se lo curren. Y después, como tras cualquier otra borrachera, se presentará la resaca, personaje desagradable que deja el paisaje y el ánimo ciscados de vidrios rotos y confeti mojado. De la resaca de la VOR, sin embargo, quedarán cosas más aprovechables. A uno le fastidia que el adecentamiento de una ciudad se haga en ocasiones especiales y que exista un calendario de eventos y fiestas por el que se rigen las obras y reformas urbanas. Pero eso es así, aquí y en Lima. O en Barcelona, donde aquellas olimpiadas del 92 aportaron el caudal de fondos para un lifting. Caudal, por cierto, que salió de toda España, que es de donde suelen salir estas corrientes no marinas. El fulgor de los acontecimientos ilumina el nombre de una ciudad, pero deja en la sombra que al esfuerzo para subir a ese podio han contribuido otros muchos. En el caso de la VOR, de toda Galicia y de España. Y aún sin querer. Y aún sin hacer nada, sólo por estar ahí, de avalistas y garantes. Lo digo para que no se nos suba la soberbia; ni somos autosuficientes ni debemos declararnos ciudad-estado en el desmadre constitucional en curso.