EN los próximos días, la fundación Lus Seoane de A Coruña acogerá, auspiciado por la Xunta de Galicia, un congreso dedicado a Plácido Castro, recuperando, siquiera parcialmente, a una de las figuras más señeras y más desconocidas, también, del galleguismo universalista, culto, abierto, ajeno a reinos de taifas y al rastacuerismo que tantas veces ha malogrado ese modo de ser y, en su caso, de existir, con las dramáticas consecuencias que le acarreó. Le conocimos allá por los primeros sesenta de la pasada centuria. Desde Vilagarcía, donde ejercía modesta y acaso resignadamente como profesor de inglés en un instituto laboral, venía a Vigo todas las semanas y acudía a la popular taberna de Eligio, punto de encuentro de tantas opiniones y actitudes diversas y, por tanto, ambiente entre babélico y conciliador. Imponía su considerable entidad física. Más envejecido que viejo, Plácido, amigo y admirado de Lugrís, de Cunqueiro, de los Alvarez Blázquez, parecía un maestro de escuela jubilado. Hablaba pausadamente, con voz casi delgada, no correspondiente a su corpachón aumentado por los libros que llevaba en los bolsos de la chaqueta. Su cultura, sin necesidad de pedantescos alardes, impresionaba. De formación británica completa, desde la infancia hasta la titulación superior en la Universidad de Glasgow, con la experiencia amarga pero enseñadora del exilio, cualquier tema lo abordaba con hondura y sencillez, fuera la poesía india antigua o una especie de lepidóctero casi ignorada, cual si se tratara de un entomólogo profesional. Tradujo por entonces al gallego los exquisitos Rubayiat de Omar Khayyan, anteponiendo a sus traslaciones un prólogo erutido y hermoso. Ya nos había dado trabajos sobre la saudade en los pueblos celtas y la obra de Yeats. Fue amigo de Chesterton, grande y paradójico como él, y a nadie he conocido que tanto supiera de Bennet, de Hardy, de Synge. Más tarde sabríamos que había representado en Europa al galleguismo abierto y universalizante, y que su periodismo desde el mundo sajón interesó en España y Portugal, como famosas fueron sus intervenciones en la BBC. De todo ello convendría hacer recopilación y edición actual. Ahora, por entusiasmo indeclinable de Xulio Ríos, que biografió a Castro, existe una activa fundación con su nombre. Y es que, como acaece con Alexandre Bóveda, es un valor nuestro en alza permanente, a poco que atisbemos su calidad y separemos el trigo de tanta paja de fanfarria como se nos ha querido colocar, aumentarndo la ceremonia de la confusión. Dialogar en torno a la figura de Castro, hondo y cabal el hombre, enorme la formación, corta la obra publicada, será una delicia aleccionadora para oradores y oyentes.