ANTÍPODAS
24 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.LOS que llegaron aquí talluditos y los nacidos en las últimas tres décadas, no suelen saberlo, pero lo cierto es que antes de su tiempo Vigo era una ciudad. Nunca fue pueblo. Siempre hubo una urbe por pequeña que fuera. El carácter ciudadano no lo da el tamaño, que en esto en verdad no importa. Un lugar abierto no es pueblerino, por muchos pueblerinos que albergue, y los alberga, y bien está. El pueblo y la aldea son universos pequeños y cerrados, y los universos de esa clase, como los de esos arrogantes diosecillos de mitologías de tres al cuarto, son aldeanos. Y falsos. La aldea es auténtica y por eso complace. La aldea fabricada sólo gusta a los que viven ricamente del invento: aquellos que en el universo abierto, en la ciudad, no se comerían un rosco, ni en la política ni en la cultura ni en nada. Prueba de que Vigo era urbe antes de ser grande, son sus calles nobles, dedicadas a sus próceres: Policarpo Sanz, Urzáiz, Sanjurjo Badía, Elduayen, García Barbón, Montero Ríos. Pero el callejero vigués se ha vuelto pueblerino a medida que crecía la ciudad. No hay ya grandes patricios urbanos, y los nombres de las calles se han ido perdiendo en el localismo nimio. Triunfa la introversión, el mundo cerrado y pequeño. Y en esa línea pre-urbana andan las ideas que circulan para bautizar calles nuevas. Hay en la literatura y en la pintura española y universal, decenas de nombres disponibles. Nuestro callejero recoge muy pocos y en cuanto a científicos, de milagro figura Ramón y Cajal. Se han propuesto nombres que mantengan viva la memoria de la guerra civil. Pero entonces habría que restituirle la calle a Calvo Sotelo, cuyo asesinato fue la causa inmediata del golpe. Ahora bien, si no quieren meterse en líos, pongan a las calles números, como en Manhattan. closadafernandez@yahoo.es