De la persecución al arte

La Voz

VIGO

O Porriño se vistió con los colores más variados para albergar la sexta edición del festival internacional de hip-hop. Rojos noche y rojos claro, verde oliva y fluorescentes, amarillos y rosas se extendieron ayer a lo largo de un muro de 200 metros habilitado en la calle del Cando. En total, 600 botes de diversas tonalidades para más de cincuenta grafiteros llegados de todos los rincones de la península. Gente de Galicia, pero también de Sevilla, Valencia, Oporto o Madrid, plasmaron sus creaciones sobre el ladrillo. El nacimiento La historia moderna del graffiti se remonta a Nueva York donde, en los años sesenta e influidos por el entonces emergente hip-hop, un grupo de jóvenes innovadores comenzó a decorar las paredes de la gran urbe con extrañas letras artísticas. Uno de aquellos pioneros firmaba como TAKI 183 y fue entrevistado por el New York Times en 1971. Su verdadero nombre era Demetrius , un chico griego que trabajaba como mensajero. Después de él vendrían otros que comenzaron a hacer todo tipo de dibujos. Cuanto más admirables y recónditos resultasen los lugares elegidos para llevarlos a cabo, más fama. Así las cosas, para pasar de admirados a perseguidos no necesitaban más que un leve suspiro. Éste, más bien grande, llegó cuando el ayuntamiento de la ciudad hubo de gastarse 300.000 dólares en la limpieza del metro. Después de una mala etapa, los grafiteros llegaron a Europa en los noventa. Y fue a finales de esa década cuando O Porriño se consolidó como uno de los festivales de referencia del graffiti gallego. Desde el 2000, un día al año los Spen , Ale97 o Dafne tienen vía libre para su imaginación. La calle del Cando se llena de curiosos y las pinturas revisten el solitario muro de ladrillo para los próximos 365 días. Un poco de alegría en la estación. En la importancia que ha adquirido la celebración quizá haya influido el hecho de que ninguno de los asistentes es un advenedizo. Dafne lleva ocho años pintando las paredes de Vigo. Parece una extraña en un mundo para hombres. Sólo tres mujeres. En apenas cuatro horas habrá compuesto su firma sobre el solitaro muro blanco. Algún tiempo más empleará Shire , un joven estudiante de Bellas Artes que lleva cinco años en la profesión. Su alegoría de un Keko es parte de un conjunto de 10 metros ingeniado con otros compañeros. Aunque hoy en día están más cercanos a adquirir la consideración de artistas, lo cierto es que los grafiteros pueden ser multados con importes superiores a los 300 euros e, incluso, puede acabar en prisión. Unos pequeños extras que añadir a los riesgos de enfermedades pulmonares a que se someten con frecuencia.