CONTRASTES
23 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.ALLÁ por cuando acababa de doblar su cintura el siglo que precedió al actual recordamos a Camilo José Cela, cumplida barba moruna, orondo el vientre búdico, impecable el terno de etiqueta londinense de Talylor Street, paseando por la calle del Príncipe, flanqueado por dos queridas sombras siempre recobrables: a su derecha José María Alvarez Blázquez y a su izquierda Celso Emilio Ferreiro. Había regresado de Venezuela de escribir una de sus mejores novelas, la titulada La catira y, según él, a lo que indicaban las iniciales de su camisa, C.J.C. Esto es, «la primera a comer y la tercera a caminar». Pronunció una conferencia en el Círculo Mercantil y, en el almuerzo que le ofrecieron, rompió violentamente un plato en la cabeza del presidente de dicha entidad, Camilo Veiga, causándole una brecha con efusión de sangre. Cela, con voz campanuda, dijo que además de tocayos, Veiga y él eran así hermanos de sangre. Tiempos en que el escritor gallego procuraba escenas como la descrita para ser noticia todos los días. Cuando firmaba ejemplares de sus libros agotaba la tinta de la estilográfica ante los inacabables demandantes de su autógrafo. Crecía su fama y era un prestigio indiscutible. Si acaso, alguien aventuraba el nombre de Delibes como aproximable, hasta que años después se impuso con fuerza el de Gonzalo Torrente Ballester cuando fue llevada a la pantalla televisiva su trilogía Los gozos y las sombras . Cela volvió a Vigo siempre impecablemente vestido, si bien con el dato chocante de no usar calcetines, con lo que sus tobillos blanquecinos destabacan sobre los zapatos negros y la pernera oscura de los pantalones. Hoy, con toda la fanfarria de su fundación padronesa, se le lee muy poco y sus libros están lejos de ser los más vendidos.