IN VICUS | O |
20 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.AMANECIÓ como amanecen los suaves días de primavera en nuestra ciudad: soleados y frescos. La única diferencia con cualquier otro martes radicaba en el silencio y la quietud que se respiraba. Gran parte de los vigueses que habían podido coger el «puente» de cuatro días se encontraban ausentes, los que habían decidido o tenido que quedarse, no comenzaron a movilizarse hasta bien entrada la mañana. Al mediodía, en una cafetería del entorno de la Plaza de España se servían desayunos a la decena de clientes que se habían acercado hasta allí. El ruido de las charlas, la máquina del café y la radio envolvían el ambiente de los clientes que disfrutaban de un momento de asueto. De pronto, una joven irrumpió corriendo en el local. La siguieron dos hombres. Los tres manifestaban síntomas de ser drogodependientes. Uno de los hombres acusó a la joven de haberle robado algo. La empujó y comenzaron a pelearse. Ante su creciente violencia algunos clientes intervinieron para echarlos del local. La discusión continuó en el exterior. Previendo que volverían a entrar, la persona al cargo de la cafetería, llamó al 092 para pedir ayuda. La respuesta de la persona de la Policía Local que atendió su llamada fue que no podían poner un «policía en cada puerta». Una segunda llamada, esta vez, al 091, sí fue atendida en cuestión de pocos minutos, acudiendo al lugar varios coches patrulla de la Policía Nacional. Como no se trata de un caso «raro» sería bueno que el Ayuntamiento nos aclarase si los policías locales que se pasean armados por nuestras calles sólo están de adorno o sirven para lo que se les ha contratado: proteger y ayudar al ciudadano que paga sus sueldos.