Mar grueso en Canido

J.M. VEIGACASÁS

VIGO

RAPACES | O |

04 may 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

«AÚN era niña yo. Mi madre se moría en un hospital de caridad.» Me lo cuenta en una terraza de Canido, frente a un mar bronco y crestado; parece dudar, buscar palabras menos dolorosas, o querer dejarlo. «Un cáncer de útero. Tuvo pérdidas de sangre durante años; solía mandarme a comprarle esponjas naturales y glicerina a la farmacia. Sería para no ir goteando por la calle, evitar roces en la vagina; no sé, nunca lo hablé con nadie.» Somos amigos desde hace muchos años, pero nunca había bebido conmigo tragos tan negros. «Era de noche, una sala corrida, llena de camas ocupadas. La habían operado esa tarde; le sacaron un tumor del tamaño de un balón de fútbol, dijeron las monjas, que no había remedio. Nacer y morir con dolor. Yo no sabía que se podía sedar a los moribundos. Murió esa madrugada. Aún me restalla dentro su desgarro. Los años me fueron clavando una huella de martirio obligado, forzado por aquellas monjas.» Clava sus ojos en los míos, busca amparo. Poso mi mano abierta en su hombro. «Años más tarde, viviendo ya aquí, diagnosticaron un cáncer de hígado a mi padre, lo ingresaron en el hospital; no lo operarían, no le quedaba mucha vida. Pedí a su médico que le evitara dolores. Usted sabe que la sedación es irreversible... ¿Y la muerte de mi padre no?¿, chocaron como sables nuestras frases, pero siempre le agradeceré que le diera morfina.» «No puedo olvidar lo de mi madre.» Será la humedad y el salitre, o los primeros goterones de tormenta, lo que moja nuestras caras. No son lágrimas. Un hombre nunca llora en la calle. Vientos navajeros hienden el cielo, estruendos de marejada. «No se apiadaron de ella.»