IN VICUS
29 mar 2005 . Actualizado a las 07:00 h.DURANTE algunos meses sólo fue una silla de ruedas, plegada y triste, en la esquina del portal. Cada vez que la veía me preguntaba a quién podía pertenecer. No me cabía duda de que, fuera quien fuera su dueño, se trataba de alguien que acudía a las clases de pintura que se imparten en uno de los pisos del edificio. Por fin, uno de estos días de lluvia primaveral, me encontré con su dueña. Con las piernas extendidas y cubiertas por un plástico y con un manto gris protegiendo su cuerpo del frío, su rostro, la única parte de su cuerpo con movilidad total, mostraba un entusiasmo y unas ganas de vivir que para sí quisieran muchas personas con capacidades normales. No sé si me llamó más atención su estado de postración total o el cuadro que llevaba sobre su regazo. Si lo hubiera visto sin saber quién era su autor lo hubiera calificado como una interesante obra de arte. Al conocer a su pintora, no pude sino definirla como un milagro. Mi sincera y entusiasmada felicitación arrancó una sonrisa a la artista que me correspondió convidándome a visitar la exposición que realizaría en verano. No estaba tan feliz la persona que la ayudaba a trasladarse, y es que, transportar un peso muerto, como el de esta persona discapacitada física, en un edificio en el que las estrechas y empinadas escaleras no dejan margen para construir una rampa se convierte en una ardua tarea. Su voluntad de superación, como la del resto de las personas con movilidad reducida, nos deja a los vigueses a la altura del betún porque ni siquiera somos capaces de reclamar que se eliminen el sinfín de barreras que tanto les dificulta el movimiento y de las que ni nos damos cuenta.