Lamazares, mínimo y emotivo

| PABLOS |

VIGO

ALLA por los años ochenta, cuando se presentó aquella efímera pero importante experiencia que fue Atlántica, el gran críticico Santiago Amón nos advirtió de la importancia de un pintor nuevo, extraño, absolutamente no convencional, llamado Antón Lamazares. Y no se equivocó, porque en poco más de dos décadas ha cuajado una carrera brillante, reconocida en medio mundo. Lalinés, como Laxeiro o Sucasas, su inopia pecuniaria de entonces le obligaba a utilizar como soporte cartones acanalados de envase de material de construcción. Y aquella experiencia fue un acicate, para sacar partido a algo tan desechable . Sobre él sigue trabajando, desde una muy vaga figuración, cargada de erotismo, de escatología arropada de un temperamento lírico, evocador, un tanto onírico. Manchas ammplias, materia mínima, tendida, como refregada, sobre la que aplica barnices intensos, muy brillantes. En la exposición que ofrece en la sala VGO hay algún ejemplo de su obra inmediatamente anterior y de la más reciente. En aquélla, una paleta más intensa, más contrastada, de verdes y negros, con una figuración muy libre, aunque aún determinable. En la más inmediata, pérdida de las referencias, insinuaciones de formas, goce de síntesis, desde un concepto que supone haber digerido muy bien corrientes diversas y hacerlas suyas. Porque Lamazares, que parece no interesarse por la ejecución del cuadro, en realidad medita, reflexiona mucho antes de tomar los pinceles, las esponjas, o simplemente, restregar mano y dedos sobre el soporte, que agujerea y clavetea, consiguiendo texturas insólitas, sorprendentes. Hay todo un mundo propio, inquietante, desafiador, en estas obras de tamaño considerable, montadas sobre tablas de embalaje, como si se tratara de una provisionalidad que, al fin y por calidad, ha de ser perdurable. Variaciones sobre un mismo tema, o sobre idéntica idea. Un artista con mundo propio, cuajado, que desafiando comodidades ha conseguido prestigio internacional bien fundado.